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TEXTO IRREVERENTE | POEMAS SUELTOS - Este 2026 es el Año de Jaime Sabines. Así lo decretaron oficialmente porque el 25 de marzo se cumplieron cien años de su nacimiento. Ese día nos obsequiaron a Nuestro Sabines, ese que escribió...

Este 2026 es el Año de Jaime Sabines. Así lo decretaron oficialmente porque el 25 de marzo se cumplieron cien años de su nacimiento. Ese día nos obsequiaron a Nuestro Sabines, ese que escribió casi todo en prosa, el obsesionado...

Por Andrés Timoteo

POEMAS SUELTOS

Este 2026 es el Año de Jaime Sabines.

Así lo decretaron oficialmente porque el 25 de marzo se cumplieron cien años de su nacimiento.

Ese día nos obsequiaron a Nuestro Sabines, ese que escribió casi todo en prosa, el obsesionado tanto con los enamorados como con la muerte y que nos enseñó que los tesoros están en las cosas pequeñas y en las personas.

A él se le debe, en cierta forma, la frase que pulula en las redes sociales cada Navidad y Noche Vieja: los regalos no están junto al árbol sino sentados a tu lado.

Muy cierto.

En este año bien podríamos recitar una poesía suya cada semana como homenaje y regocijo pues Sabines escribió para hacernos más placentera la vida a todos.

Su poema más conocido es “Los Amorosos” publicado hace 77 años, en 1949, y que sigue tan vigente como antaño.

Los estudiosos de la literatura lo han catalogado entre los textos intemporales porque se pueden leer o recitar en cualquier época.

“Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos,/ entregándose, dándose a cada rato,/ llorando porque no salvan al amor”, es el párrafo más repetido que equipara al amor con la locura.

Hay otro poema esplendido -el preferido de un servidor-, “La Luna” (1961) que puede tomarse como ejemplo de lo que el escritor francés Éric Masson llama los pequeños placeres y grandes medicinas que tenemos a diario en nuestra vida y que además son gratuitos.

“La luna se puede tomar a cucharadas/ o como una cápsula cada dos horas./ Es buena como hipnótico y sedante/ y también alivia/ a los que se han intoxicado de filosofía./ Un pedazo de luna en el bolsillo/ es mejor amuleto que la pata de conejo:/ sirve para encontrar a quien se ama,/ para ser rico sin que lo sepa nadie/ y para alejar a los médicos y las clínicas”.
“Se puede dar de postre a los niños/ cuando no se han dormido,/ y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos/ los ayuda a bien morir./ Pon una hoja tierna de la luna/ debajo de tu almohada/ y mirarás lo que quieras ver”.
“Lleva siempre un frasquito del aire de la luna/ para cuando te ahogues,/ y dale la llave de la luna/ a los presos y a los desencantados./ Para los condenados a muerte/ y para los condenados a vida/ no hay mejor estimulante que la luna/ en dosis precisas y controladas”.

El chiapaneco se describía a sí mismo como un escritor disperso y hasta olvidadizo -era mentira pues tenía una mente y memoria privilegiadas- por eso a unos poemas les agregaba extensiones conforme pasaban los años y para publicarlos debió juntarlos en compendios también transcurrido el tiempo.

A una de esas colecciones la llamó “Poemas Sueltos”.

UN ALMA ATORMENTADA

Hay quienes clasifican a Sabines como un poeta tanatófilo porque estuvo obsesionado con la muerte, en especial la de sus seres amados.

Narró en prosa la enfermedad, decaimiento físico y defunción de su padre, Julio Sabines, en 1961 en el largo poema “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” al que todos conocen simplemente como “Déjame reposar” -porque así inicia-.

“Esperar que murieras era morir despacio,/ estar goteando del tubo de la muerte,/
morir poco, a pedazos”, dice en una parte.

Por supuesto que leerlo mueve a la depresión que retrató muy bien Sabines ya que fue un poeta depresivo.

“¡A la chingada la muerte!, dije,/ sombra de mi sueño,/ perversión de los ángeles,/ y me entregué a morir/ como una piedra al río”.

Cinco años después, en 1966, falleció su madre Luz Gutiérrez a la que dedicó el poema “Doña Luz”, escrito por partes a lo largo de años.

De vez en vez le agregaba algo nuevo.

“Lloverás en el tiempo de lluvia,/ harás calor en el verano,/ harás frío en el atardecer./ Volverás a morir otras mil veces./ No somos nada, nadie, madre./ Es inútil vivir/ pero es más inútil morir”, se lee en el texto primario.
Luego le adendó: “La casa me protege del frío nocturno,/ del sol del mediodía, de los árboles derribados,/ del viento de los huracanes, de las asechanzas del rayo,/ de los ríos desbordados, de los hombres y de las fieras”.
“Pero la casa no me protege de la muerte./ ¿Por qué rendija se cuela el aire de la muerte?/ ¿Qué hongo de las paredes,/ qué sustancia ascendente del corazón, /de la tierra es la muerte?/ ¿Quién me untó la muerte en la planta de los pies/ el día de mi nacimiento?”

En la poesía también desahogó su luto por la muerte de Sofía Gutiérrez, la solterona hermana de su mamá y a la que veía como segunda madre.

Le escribió “Tía Chofi”.

“Ya sé que es tonto eso, que estás muerta,/ que más vale callar,/ ¿pero qué quieres que haga/ si me conmueves más que el presentimiento de tu muerte?/ Sofía virgen,/ desposada en un cementerio de provincia”, reclama en una parte del texto.

Empero, Nuestro Sabines tuvo más poesía dedicada a los vivos que a los muertos, aunque lo redactado para estos últimos revela su alma atormentada.

Y en esos caprichos del destino, él también murió de cáncer igual que su padre -con todo el proceso de deterioro físico- el 19 de marzo de 1999.

Por cierto, siendo estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM, Sabines tuvo como compañeros de clase al jalapeño Sergio Galindo y al cordobés Emilio Carballido.

*Envoyé depuis Paris, France.