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TEXTO IRREVERENTE | HISTORIAS DE CALAMIDAD - Son historias terribles pero que deben ser contadas -Los dos terremotos que devastaron a parte de Venezuela en la fiesta de San Juan son una suerte de retrovisor para los mexicanos que vivieron tragedias…

Son historias terribles pero que deben ser contadas -Los dos terremotos que devastaron a parte de Venezuela en la fiesta de San Juan son una suerte de retrovisor para los mexicanos que vivieron tragedias similares, en especial la provocada por el...

Por Andrés Timoteo

HISTORIAS DE CALAMIDAD

Son historias terribles pero que deben ser contadas.

Los dos terremotos que devastaron a parte de Venezuela en la fiesta de San Juan son una suerte de retrovisor para los mexicanos que vivieron tragedias similares, en especial la provocada por el sismo de 1985 que desmoronó áreas enteras de la Ciudad de México.

Reportes de la medición telúrica, las imágenes de edificios caídos, los montones de escombros, los cadáveres rescatados y el dolor a flor de piel de la gente remiten a la hecatombe mexicana de hace cuarenta y un años.

La cifra de víctimas también abona a tal recuerdo.

Hasta ayer sumaban más de dos mil fallecidos y el cálculo, conforme a reportes de desaparecidos, es que el número final será horroroso como lo fue en México.

La realidad azota porque ya pasó una semana y se rebasaron por mucho las 72 horas que son cruciales para localizar y rescatar a personas vivas que hayan quedado atrapadas entre las ruinas.

Desde el fin de semana, todo sobreviviente que esté apareciendo entra en el catálogo de lo increíble, del milagro, pues.

No es raro pues los prodigios son comunes en tragedias de tal magnitud.

Y todo eso lo están contando los periodistas que cubren la noticia: un perro que protegió a un bebé, una joven madre que murió también salvando a su hijo de brazos, varios niños que lograron sacarlos vivos mientras los rescatistas exclamaban al cielo “¡Dios misericordioso!

Un anciano que pudo sacar una mano y así hacerles saber a los buscadores que ahí estaba atorado.

Gente que con un pedazo de manguera pasaba agua a otros atrapados.

La adulta mayor que se quedó sola pues toda su familia fue aplastada.

Hombres escarbando con sus manos los escombros en el afán de localizar a sus seres queridos.

Los perfiles de las víctimas también son noticiosos: futbolistas muertos al igual que actores, políticos, académicos y lideres sociales.

En tragedias así hay democracia en la pérdida de vida porque alcanza a los de renombre y a los habitantes comunes.

El periodismo que se nutre de varios ingredientes perceptivos en este tipo de información recolectada: desolación, incertidumbre, dolor, luto, tristeza y desamparo.

Aunque se escuche frío y hasta indolente, esos son materiales de trabajo para los reporteros que deben narrar eso y hacer que su lector, radioescucha, televidente o cibernauta perciba tales sensaciones que hay en ese lugar y entre esa gente.

Los reporteros deben contar las historias de calamidad.

Es su deber cronicar el momento porque lo que transmitan quedará como testimonio para la posteridad.

Así lo hizo la prensa con las calamidades en México, especialmente aquella de 1985.

DICTADURA PASMADA

Ahora en Venezuela, el periodismo también se deben ocupar con particular labor contextual de la última sensación citada líneas arriba: el desamparo.

Los venezolanos viven eso, un desabrigo de sus autoridades que están rebasadas por la tragedia.

Los remanentes de la dictadura chavista-madurista quedaron pasmados e inmóviles para auxiliar a la población.

El mejor ejemplo es que el ejército y las policías, que por años reprimieron, encarcelaron y torturaron a la gente, está vez no sirvieron para ayudarla.

Igual que las famosas Brigadas Territoriales para la Acción (BTA) integradas desde que gobernaba Hugo Chávez -y que inspiraron al obradorismo para crear a los Siervos de la Nación- solo estorban y tratan de partidizar la ayuda.

De hecho, las labores de rescate las hacen los venezolanos de a pie, vecinos y no vecinos solidarios con las víctimas.

También los rescatistas extranjeros que llegaron por solidaridad personal o de gobiernos vecinos.

Lo que son las cosas, si Estados Unidos no hubiera extraído al dictador Nicolás Maduro en enero, ahora ese régimen hubiera bloqueado toda ayuda internacional y mantenido al pueblo sometido al silencio y a la tragedia maquillada.

No hay mal que por bien no venga.

Y hay que decirlo, los venezolanos le deben aplaudir al anaranjado Donald Trump por muy antipático e insufrible que sea.

IMPORTACIÓN DE VENEZUELA

La otra cara de ese desamparo es la farsa en las obras inmobiliarias hechas por la dictadura chavista-madurista que durante años construyó y entregó viviendas económicas a la población de bajos ingresos a cambio de votos para el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

¡Y esas fueron las primeras que se cayeron!

Las hicieron con madera y poliestireno, un tipo de hule espuma, por eso eran tan baratas.

A ese programa de edificios apilados lo llamaron “Gran Misión Vivienda” y resultaron un fraude y una trampa mortal.

La alerta para México es que ese programa lo copió la “4T” con “Vivienda para el Bienestar” que también son mini-departamentos de bajo costo en edificios de dudosa resistencia.

Son los que a nivel estatal promueve la delegada del Infonavit, la fidelista y ahora morenista Ana Guadalupe Ingram.

El régimen guinda se inspira en los programas de la dictadura chavista y ahí está el peligro: las sacudidas ya tumbaron sus obras fraudulentas y desnudaron la mentira y la corrupción que cobraron vidas.

Nada bueno le espera a México con los embelecos importados de Venezuela.

*Envoyé depuis Paris, France.