
Día del Padre
Por Sergio González Levet
Apabullados por el cúmulo de fiestas, congratulaciones, regalos y agasajos que recibieron ayer, los padres mexicanos arrancaron esta semana con el cansancio de tanto jolgorio en su favor pero con la felicidad por los favores recibidos de parte de sus hijos y sus muy queridas esposas, que tanto los aman.
Tanta celebración para los señores en las familias, es un fruto más de la equidad de género que tanto han preconizado sobre todo las feministas y que en un intento de justicia hogareña ha desembocado virtuosamente en que los padres reciban cada año un reconocimiento creciente, que algún día será idéntico al que obtienen las madrecitas en su sagrado 10 de mayo, que es día de fiesta nacional.
Algunos padres ayer tuvieron una jornada gloriosa para su alma pues por motivo de su día recibieron como un don divino la gracia de hacer su santa voluntad y pudieron ver el futbol sin que los regañaran y no tuvieron que ayudar en las labores domésticas ni salieron a deshoras y a toda prisa, como es costumbre, a hacer una compra que olvidó convenientemente la reina del hogar.
Pudieron permanecer en el baño el tiempo necesario para que su organismo saliera de todos los pendientes por desfogar; permanecieron tirados en el sofá por más de diez minutos consecutivos sin que alguna orden perentoria los sacara de su zona de confort, ésa que por alguna razón desconocida odian las esposas y los psicoterapeutas.
Del disfrute de todas esas concesiones y halagos hay que excluir a los escasos machos que aún quedan en el país -que son ya poquísimos, aunque insista en lo contrario la academia de la feminidad interesada-, porque es cierto que en el interior de algunas casas aún perdura el vicio atávico de que mande el señor y dé órdenes injustas a todos los demás miembros de la familia, junto con la usanza reprobable siempre de los golpes, los gritos y las amenazas.
Eso de la confrontación entre la parte femenina y la masculina de una familia para hacerse del control del hogar, es un asunto totalmente alejado de la violencia familiar, que es un problema endémico de nuestro país y de muchos otros.
Los acosadores, los golpeadores, los abusadores, los criminales son enfermos sociales y/o mentales que deben ser combatidos con todo el rigor y todas las armas posibles.
La lucha de clases y sexos a la que me refiero en esta ocasión, con ser encarnizada, se limita a las peleas por la posesión del poder íntimo del hogar: quién dice la última palabra sobre temas tan importantes como el manejo efectivo de la quincena, la concesión de permisos de todo tipo a los hijos, la conducción del vehículo familiar, el lugar para salir a comer los domingos y días festivos, la hora en que se deben levantar todos de la cama, la ropa de frío que deben ponerse aunque haga un calor de los mil demonios.
Fue el Día del Padre y sin embargo no faltaron los que lo disfrutaron a rabiar.
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