
No son horas
Por Sergio González Levet
Una de las horas más importantes de las 168 que tiene la semana, es las 8 de la mañana del domingo -el día del señor, dies dominicus en latín-, dedicada por la religión y el buen juicio como el mejor momento para el descanso indispensable de las buenas almas de Dios, y hasta de las malas, en su infinita bondad.
En esa estaba el pasado domingo cuando sonó el timbre de mi puerta con un insistente repiqueteo que me hizo pensar, en la duermevela, que alguna emergencia o desgracia había ocurrido para que alguien se aprestara al dintel de mi casa con tanta urgencia.
Me levanté, me medio vestí y me compuse lo más rápido posible y salí apresuradamente a contestar al llamado.
Llegué a la entrada, moví el picaporte, abrí la hoja y me encontré con una sorpresa que nunca hubiera podido imaginar:
—Buenos días, hermano.
Que la paz del Señor esté contigo.
¿Sabes que Dios está esperando por ti para que lo conozcas y cantes sus bendiciones?
Dos caras güeras, camisa blanca, corbata negra como el pantalón y los zapatos y una sonrisa artificial, entre mueca y gesto, estaban frente a mí y antes de que pudiera decir o hacer algo me ofrecieron un folleto que visiblemente era de alguna religión de las en México llamadas protestantes.
En efecto, era una de las siete plagas que sufrimos los pobres mexicanos, una molestia tan atosigante como la de los Ciervos de la Nación (la “C” es adrede), una maldición del averno para que no tengamos la tranquilidad que todos merecemos para después poder pensar y actuar como personas de bien.
Eran en efecto dos representantes de un culto, que forman parte de un demoníaco plan para que los mexicanos perdamos la paciencia a deshoras en una hora que es sagrada (“Santificarás las fiestas”, dice el tercer mandamiento de la Ley de Moisés) y que debería ser protegida también por todas las leyes humanas.
Ese domingo pude ver que en las calles cercanas andaban otras parejas similares, decenas de ellas, tocando a otras puertas de vecinos honorables que igualmente estaban perdiendo su sacro descanso.
Era como un azote de alguna fuerza diabólica que estaba tomando toda la calle, el barrio, la colonia.
Se esparcían como lo hizo el Covid, inmisericordemente, sin remedio ni vacuna, por todas partes sin que nadie pudiera detenerlos.
No sé por qué razón nadie hace nada por detener esa desgracia en el día de gracia; ni las autoridades, ni los propios patriarcas que probablemente los mandan a desmañanar sin cuartel y a que les suelten la retahíla con la que piensan que pueden convencer a alguien de que descrea de sus creencias.
Ante la realidad nefasta a la que me enfrenté ese domingo, lo único que se me ocurrió para quitármelos de encima fue decir:
—Lo siento, pero aquí todos somos ateos, gracias a Dios.
Y cerré.
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