
Por: Yolanda Buitrón
¿Por qué algunos equipos nunca dejan de competir?
Hay una imagen que se repite constantemente en el fútbol y que siempre llama mi atención.
Un equipo va perdiendo por dos o tres goles.
Quedan pocos minutos para terminar el partido.
La lógica indica que todo está decidido.
Sin embargo, mientras unas jugadoras bajan la cabeza, otras siguen corriendo cada balón como si el marcador estuviera empatado.
Y entonces surge una pregunta que va mucho más allá del fútbol.
¿Qué hace que algunas personas nunca dejen de competir?
La respuesta no está únicamente en el talento.
Tampoco en la táctica.
Mucho menos en la suerte.
Está en el carácter.
Con frecuencia creemos que los campeonatos se ganan por tener a las mejores jugadoras, pero basta observar a los grandes equipos del mundo para descubrir que, cuando el talento se iguala, lo que marca la diferencia es la fortaleza mental.
Los equipos campeones tienen una característica en común: jamás entregan un partido antes del silbatazo final.
Compiten hasta el último segundo.
Y competir no siempre significa ganar.
Competir significa seguir creyendo cuando el marcador está en contra.
Seguir intentando cuando las piernas pesan.
Seguir ordenadas cuando aparece la desesperación.
Seguir siendo un equipo cuando sería más fácil buscar soluciones individuales.
He visto encuentros donde el resultado parecía definido y, sin embargo, un gol cambió el ánimo, otro cambió la historia y el último transformó una derrota segura en una remontada inolvidable.
Eso ocurre porque el fútbol no solo se juega con los pies.
También se juega con la cabeza.
Y, sobre todo, con el corazón.
En el fútbol femenil esta enseñanza se observa con enorme claridad.
Cada vez vemos selecciones y clubes que, más allá de su calidad técnica, destacan por su capacidad para competir hasta el último minuto.
No siempre levantan el trofeo.
Pero obligan al rival a jugar al límite.
Y eso también merece reconocimiento.
Quizá por eso me preocupa cuando en categorías infantiles damos más importancia al marcador que a la actitud.
Celebramos a quien gana por goleada, pero pocas veces reconocemos al equipo que, aun perdiendo, nunca dejó de luchar.
Tal vez ahí comienza la verdadera formación.
Porque una niña puede olvidar el resultado de un torneo.
Lo que difícilmente olvidará es el entrenador que le enseñó que rendirse nunca es una opción.
El carácter no aparece por arte de magia en una final.
Se construye en cada entrenamiento.
En cada derrota.
En cada error.
En cada ocasión en la que alguien decide levantarse una vez más.
Vivimos en una época en la que todo parece medirse por resultados inmediatos.
Queremos campeones rápidos.
Procesos cortos.
Éxitos instantáneos.
Pero el deporte sigue recordándonos una verdad que muchas veces olvidamos.
Los grandes equipos no nacen cuando levantan una copa.
Nacen mucho antes, cuando aprenden que competir es una forma de vivir.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que el fútbol puede dejarle a cualquier persona.
No siempre podremos controlar el marcador.
No siempre seremos los favoritos.
No siempre las circunstancias estarán a nuestro favor.
Lo único que siempre podremos decidir es la manera en que vamos a competir.
Porque el verdadero triunfo no consiste únicamente en ganar.
Consiste en salir de la cancha sabiendo que dimos todo lo que teníamos.
Y cuando un equipo aprende eso, ocurre algo extraordinario.
Aunque pierda un partido…
Empieza a construir un campeonato.
Porque los campeones no son quienes nunca caen.
Son quienes nunca dejan de levantarse.
Y esa también es la otra mitad de la cancha.