
Por: Yolanda Buitrón
¿EL FÚTBOL TAMBIÉN SE APRENDE EN CASA?
El papel de los padres en la formación de una futbolista
Cada vez que una niña entra a una cancha con un balón bajo el brazo, no llega sola.
Detrás de ella siempre hay alguien que la llevó al entrenamiento, que hizo el esfuerzo económico para comprar sus tachones, que esperó durante horas el final de la práctica o que recorrió kilómetros para verla jugar apenas unos minutos.
Generalmente son sus padres.
Y, aunque pocas veces aparecen en las fotografías de los campeonatos, también forman parte del equipo.
En el fútbol hablamos constantemente de entrenadores, metodologías, preparación física, nutrición y táctica.
Sin embargo, existe un factor que puede impulsar o destruir el desarrollo de una futbolista antes incluso de llegar al profesionalismo.
El entorno familiar.
He visto padres que celebran cada pequeño avance de sus hijas sin importar el marcador.
ambién he visto otros que convierten cada partido en un juicio.
Que desde la tribuna gritan instrucciones diferentes a las del entrenador.
Que cuestionan cada decisión arbitral.
Que comparan a su hija con otras jugadoras.
Y, sin darse cuenta, comienzan a apagar la ilusión con la que aquella niña empezó a jugar.
El fútbol debe ser una escuela de vida.
No una fábrica de presión.
Ninguna niña debería sentir que vale más cuando anota un gol o menos cuando falla un penal.
Porque el deporte forma personas antes que deportistas.
Los especialistas en desarrollo deportivo coinciden en que el apoyo emocional de la familia es uno de los factores más importantes para la permanencia de niñas y adolescentes en el deporte.
Cuando existe presión excesiva o expectativas irreales, aumenta el riesgo de abandono deportivo.
Por eso el papel de los padres resulta tan importante.
No necesitan ser entrenadores.
No necesitan conocer todos los sistemas tácticos.
Lo que necesitan es aprender a acompañar.
A escuchar.
A motivar.
A confiar.
El entrenador enseña a jugar.
La familia enseña a creer.
Y ambas funciones son igual de importantes.
También es cierto que muchas familias hacen enormes sacrificios para sostener el sueño deportivo de sus hijas.
Viajes.
Inscripciones.
Uniformes.
Alimentación.
Hospedajes.
Horas de carretera.
Todo eso merece reconocimiento.
Porque detrás de cada futbolista hay una historia de esfuerzo compartido.
Pero precisamente por ese esfuerzo debemos recordar algo fundamental.
Nuestros hijos no nos pertenecen.
Nosotros solo tenemos el privilegio de acompañarlos mientras construyen sus propios sueños.
El fútbol es una oportunidad extraordinaria para enseñar valores.
Respeto.
Disciplina.
Humildad.
Trabajo en equipo.
Resiliencia.
Si un campeonato llega, será motivo de celebración.
Si no llega, esas enseñanzas permanecerán toda la vida.
Quizá el mejor padre o la mejor madre no sea quien más grita desde la tribuna.
Sino quien, al terminar el partido, abraza a su hija exactamente igual haya ganado o haya perdido.
Porque al final, los trofeos se llenan de polvo.
Los recuerdos permanecen para siempre.
Y esa, también, es la otra mitad de la cancha.