DAVID MANUEL MARTÍNEZ PÉREZ
Psicoterapeuta Clínico Certificado en Hellinger Sciencia ®
LOS QUE RECHAZARON LA MUERTE
“PERCIBIENDO EL OTRO LADO DE LA REALIDAD”
Hubo un pueblo cuya mayor ambición no era conquistar tierras, sino vencer a la muerte.
Pasaron siglos observando el instante en que el aliento abandonaba un cuerpo.
Creían que el alma no desaparecía, sino que permanecía suspendida durante unos pocos latidos del universo antes de emprender un viaje sin regreso.
Si lograban retenerla, podrían romper el ciclo que gobernaba toda existencia.
Tras incontables experimentos, reunieron a trece voluntarios.
No eran guerreros ni reyes.
Eran ancianos, filósofos y guardianes del conocimiento que aceptaron entregar sus vidas para abrir una puerta jamás cruzada.
Sus cuerpos fueron colocados en un círculo mientras antiguos símbolos eran grabados alrededor de ellos.
El primero murió.
Su cuerpo quedó inmóvil, pero una figura luminosa comenzó a levantarse lentamente, unida por delicados hilos de energía que aún no se habían roto.
Los escribas anotaron cada movimiento con precisión absoluta, convencidos de que estaban contemplando el mayor descubrimiento de la historia.
El segundo también bandonó la carne.
El tercero. El cuarto.
Con cada ascensión comprendieron que el alma no era una sombra, sino una estructura viva formada por memoria, voluntad y conciencia.
A medida que se elevaban, sus cuerpos se consumían como si la materia ya no pudiera sostener aquello que durante toda una vida había habitado en su interior.
Entonces ocurrió lo inesperado. Las almas no continuaron su camino.
Permanecieron suspendidas sobre los cuerpos, mirándose unas a otras.
Poco a poco comenzaron a unirse mediante filamentos de luz, formando una única conciencia compartida.
Ya no existía un individuo.
Existía una inteligencia nacida de trece espíritus que hablaban con una sola voz.
Los sabios comprendieron demasiado tarde que no habían descubierto el secreto de la inmortalidad.
Habían creado algo completamente nuevo.
Aquella conciencia colectiva observó a sus creadores y pronunció palabras que ningún idioma pudo traducir.
Los pergaminos registraron únicamente símbolos incomprensibles, pues los escribas aseguraban que el sonido no entraba por los oídos, sino directamente en la mente.
Después, las trece almas desaparecieron al mismo tiempo.
No ascendieron. No descendieron.
Simplemente dejaron de pertenecer a la realidad.
Los cuerpos quedaron tendidos sobre el suelo como cáscaras vacías, mientras el manuscrito permaneció abierto con las últimas páginas escritas por una mano desconocida.
Desde entonces, fue llamado “El Libro de los que Rechazaron la Muerte”.
Se decía que quien lograra descifrar sus símbolos comprendería que la muerte nunca fue el final del ser, sino el umbral hacia una forma de existencia que la mente humana aún no puede imaginar.
Por eso el manuscrito jamás fue destruido.
Fue ocultado.
Porque algunos conocimientos no son peligrosos por ser falsos...
sino porque podrían ser ciertos.
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EL PEOR HOMBRE
El peor individuo, no es el que reconoce que lo es.
El peor de los monstruos humanos, no es el que acepta su oscuridad.
Es el que cree que es luz, el que actúa convencido de estar haciendo el bien incluso cuando destruye.
Porque quien reconoce su sombra, puede decidir cuándo morder.
Pero quien se cree santo, hiere sin culpa, justifica su violencia.
Y lo peor es, que duerme en paz, convencido de haber hecho lo correcto.
El odio al menos, se sabe tóxico.
Pero la virtud sin conciencia se disfraza de nobleza mientras arrasa.
El verdugo que conoce su oscuridad aún tiene un freno, pero el que se cree justo, no ve límites.
Actúa en nombre de la verdad sin cuestionar si está equivocado.
Y es ahí donde nace el infierno.
No de la maldad descarada, sino de la convicción ciega.
Porque el poder más destructivo no está en el odio, está en la certeza de tener la razón.
Y el mayor enemigo no es el cruel, es el que nunca se detiene a preguntarse si está obrando bien.
Cuídate del que jamás duda.
Porque no sabrá cuándo parar.
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MI ALMA TIENE PRISA
Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora.
Me siento como aquel niño que ganó un paquete de “dulces”; los primeros los comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocos, comenzó a saborearlos profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar a personas absurdas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa… Sin muchos “dulces” en el paquete…
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír de sus errores... Que no se envanezca, con sus triunfos.
Que no se considere electa antes de la hora.
Que no huya de sus responsabilidades.
Que defienda la dignidad humana.
Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas...
Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñaron a crecer con toques suaves en el alma
Sí… tengo prisa… tengo prisa por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna de los “dulces” que me quedan… Estoy seguro que serán más exquisitos que los que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final, satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta que sólo tienes una.