DAVID MANUEL MARTÍNEZ PÉREZ
Psicoterapeuta Clínico
Certificado en Hellinger Sciencia ®
INDECISIÓN
“PERCIBIENDO EL OTRO LADO DE LA REALIDAD”
Un pequeño ratón logró colarse una noche en una tienda repleta de diversa comida.
A su alrededor había de todo: mantequilla, tocino, chocolate, zanahorias frescas y, por supuesto, queso. Mucho queso. Para él, aquello era el paraíso. Un festín soñado. Una oportunidad que parecía demasiado buena para ser real.
Pero justo cuando iba a empezar a comer, apareció un problema más peligroso que el hambre: la indecisión.
Primero quiso probar la mantequilla…
pero el aroma del chorizo lo hizo cambiar de rumbo.
Luego, cuando estaba por lanzarse sobre el chorizo, el perfume de un queso francés lo atrapó.
Y cuando ya casi mordía el queso, el olor de las zanahorias frescas lo hizo correr otra vez hacia otro lado.
Así pasó la noche entera:
corriendo de una cosa a otra, deseando todo, eligiendo nada.
Y de pronto amaneció.
La tienda abrió.
La gente comenzó a entrar.
Y el ratón tuvo que salir huyendo sin haber probado absolutamente nada.
De regreso a su casa, les dijo a sus amigos:
“Nunca más volveré a esa tienda. Justo cuando ibas a empezar a comer, te echaban fuera”
Pero la verdad no era esa.
La verdad era más incómoda: nadie lo había privado del banquete… él mismo lo perdió por no decidirse a tiempo.
Y cuántas veces pasa lo mismo en la vida.
No perdemos oportunidades porque no existan, sino porque dudamos demasiado.
Porque queremos todo al mismo tiempo.
Porque esperamos la opción perfecta.
Porque pensamos tanto… que cuando por fin queremos actuar, ya es tarde.
La indecisión no siempre grita.
A veces se disfraza de prudencia, de análisis, de “ya luego veo”.
Pero mientras dudas, el tiempo avanza, las puertas cambian y las oportunidades no se quedan esperando para siempre.
Quererlo todo sin decidirte por nada es una forma silenciosa de perderlo todo.
Porque en la vida no siempre gana el más inteligente, ni el que más sueña, ni el que más desea…
Muchas veces gana el que se atreve a elegir y actuar.
No dejes que tu oportunidad se convierta en otra historia que cuentes diciendo: “Casi lo tuve”.
PIENSA
No todo el mundo merece conocer tus ideas, tus sueños ni tus próximos movimientos. Hay personas que, por naturaleza, no saben cuidar lo valioso: lo consumen, lo arruinan o lo traicionan. Por eso la vida también enseña una lección dura pero necesaria: debes aprender con quién compartir tu visión y con quién guardar silencio.
Hablar de queso con ratas es tentar a quien vive para devorar.
Hablar de pan con pájaros es anunciarle tu tesoro a quien solo piensa en llevárselo y hacer planes con serpientes es confiar tu futuro a quien podría morderte en el momento exacto en que más lo necesites.
No todos los que te escuchan te apoyan.
No todos los que te sonríen te desean bien.
No todos los que caminan contigo quieren verte llegar.
Algunos solo quieren saber qué estás construyendo para calcular cómo entrar, aprovecharse o destruirlo.
Madurar también es entender que el silencio protege.
Que la discreción salva. Y que muchas veces el error no está en tener enemigos… sino en sentarlos demasiado cerca de tus planes.
Cuida tus ideas.
Cuida tus pasos.
Cuida a quién le muestras el mapa de tu vida.
Porque hay bocas que preguntan por curiosidad, pero escuchan con envidia. Y hay ojos que parecen admirarte, cuando en realidad solo están buscando el mejor momento para atacarte.
No todo se cuenta.
No todo se comparte.
No todo se revela.
Porque en este mundo, a veces la diferencia entre avanzar o caer…
está en saber reconocer quién es paloma, quién es rata… y quién nunca dejará de ser serpiente.
“Nunca hables de queso frente las ratas.
Nunca hables de pan frente los pájaros.
Nunca hables de tus planes con un envidioso o un ignorante, de preferencia no hables”.
Silencio es poder.
ENVIDIA
La gente envidiosa es como los sapos.
Tienen ojos enormes para mirar lo que hacen los demás,
y una lengua larguísima para hablar de todo el mundo.
Critican, señalan, murmuran, inventan y juzgan,
pero casi nunca se detienen a mirar la verdad más incómoda de todas:
siguen viviendo atrapados en su propio fango.
La gente envidiosa se pasa la vida observando lo ajeno,
pendiente de tus pasos, de tus logros, de tus errores, de tus caídas y hasta de tus silencios.
Siempre tienen una opinión lista.
Siempre tienen un comentario venenoso.
Siempre encuentran algo que decir cuando ven a alguien avanzar.
¿Y sabes por qué?
Porque es más fácil criticar desde abajo
que trabajar en silencio para salir de donde uno está.
Es más fácil burlarse del que lucha
que reconocer la propia mediocridad.
Es más fácil desear que al otro le vaya mal
que tener la disciplina para construir una vida mejor.
Por eso viven así:
hablando de todos, pero sin resolver nada en ellos mismos.
Se alimentan del chisme, de la comparación, del veneno y de la amargura,
porque no saben crear luz propia,
entonces intentan ensuciar la de los demás.
Y si vives rodeado de personas así, aléjate.
No para demostrarles nada.
No para pelear.
No para rebajarte a su nivel.
Aléjate porque la envidia también contamina.
Porque la energía de la gente amargada se pega.
Porque escuchar demasiado a quienes viven en el fango puede terminar ensuciando tu mente, tu paz y tu camino.
Rodéate de personas que sumen.
De gente que celebre tus avances sin sentir que pierde algo.
De personas que te impulsen a crecer, que te corrijan con verdad, que te inspiren a ser mejor y no a vivir a la defensiva.
Porque no necesitas sapos croando alrededor de tu vida.
Necesitas almas limpias, corazones nobles y mentes que entiendan que el brillo ajeno no apaga el suyo.
Recuerda esto:
la gente pequeña siempre hablará de los demás.
La gente sabia hablará de ideas.
Y la gente grande trabajará en silencio hasta crecer y evolucionar.
Las personas con intenciones obscuras no sienten culpa, ni remordimiento, lo que tienen son infinidad de explicaciones para pasar como víctimas.
Psicoterapia Práctica
Manuel David Martínez
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