DAVID MANUEL MARTÍNEZ PÉREZ
Psicoterapeuta Clínico Certificado en Hellinger Sciencia ®
EL ÁRBOL DE LOS COLGADOS
EL RITUAL PROHIBIDO QUE DEVORABA EL ALMA
“PERCIBIENDO EL OTRO LADO DE LA REALIDAD”
En el sur de Asia, existía un árbol cuyo nombre jamás debía pronunciarse después del anochecer.
No era un árbol común.
Sus raíces descendían tanto en la tierra como en el espíritu humano.
Los sabios afirmaban que había nacido en el mismo lugar donde el mundo de los vivos y el de los muertos se rozaban por primera vez.
Durante siglos permaneció oculto.
Nadie se atrevía a acercarse.
Porque de sus ramas no colgaban frutos. Colgaban cuerpos.
No estaban muertos. Tampoco estaban vivos.
Permanecían suspendidos boca abajo, inmóviles, mientras sus cabellos rozaban el suelo y sus ojos permanecían abiertos, contemplando un mundo al que ya no pertenecían.
Los antiguos llamaban a aquel estado “el sueño invertido”.
Decían que quien aceptaba el ritual entregaba su cuerpo al árbol para que este absorbiera todos sus recuerdos, sus miedos y sus deseos más profundos.Cada raíz representaba una vida.
Cada rama, un destino.
Y cada hoja conservaba el último pensamiento de alguien que jamás volvió a despertar.Muchos acudían buscando sabiduría.
Otros deseaban poder.Algunos solo querían escapar de la muerte.
Pero el árbol jamás concedía lo que se pedía. Siempre entregaba algo diferente.
Un rey pidió vivir para siempre.
Despertó siglos después sin recordar su propio nombre.
Un guerrero buscó fuerza.Regresó incapaz de sentir compasión.
Un sabio quiso conocer todos los secretos del universo.
Volvió completamente incapaz de pronunciar una sola palabra.
Con el tiempo, los pueblos comprendieron que el árbol no otorgaba dones. Cobraba precios.
Y cuanto mayor era el deseo, mayor era el sacrificio.
Una noche llegó un joven viajero decidido a desafiar la antigua advertencia. No buscaba riqueza. No buscaba poder.
Solo quería descubrir qué ocurría con quienes jamás regresaban.
Cuando la luna alcanzó el punto más alto del cielo, el árbol comenzó a moverse. No por el viento.
Las ramas respiraban. Las raíces se retorcían lentamente. Los cuerpos suspendidos abrieron los ojos al mismo tiempo.
No miraban al viajero. Miraban detrás de él.
Entonces escuchó cientos de voces susurrando al unísono.
—No mires arriba... Pero el muchacho desobedeció. Levantó lentamente la vista. Y descubrió que sobre las ramas no solo colgaban personas.
También había sombras con forma humana unidas al árbol por largas raíces negras que penetraban directamente en sus pechos.
Cada una parecía intentar liberarse.
Ninguna podía hacerlo. En ese instante comprendió la verdad. El árbol no alimentaba a los espíritus. Se alimentaba de ellos.
Cada persona que aceptaba el ritual quedaba atrapada para siempre entre dos mundos, convirtiéndose en una nueva raíz que fortalecía al antiguo ser oculto bajo la tierra.
El joven huyó antes del amanecer.
Corrió durante horas.
Cuando finalmente llegó a la ciudad más cercana creyó haber escapado.
Pero algo había cambiado.
Cada noche soñaba con el árbol.
Cada madrugada despertaba con los pies cubiertos de tierra húmeda.
Y cada día encontraba nuevas raíces negras creciendo lentamente sobre sus brazos.Los ancianos intentaron ayudarlo. Era demasiado tarde.
El ritual no terminaba cuando uno abandonaba el bosque. Terminaba cuando el árbol decidía reclamar lo que ya le pertenecía.
Una mañana el joven desapareció sin dejar rastro. Solo encontraron un sendero de raíces que se perdía entre la niebla.
Desde entonces, quienes atraviesan aquellos antiguos bosques aseguran que, durante las noches de luna llena, puede verse una nueva figura colgando boca abajo de la rama más alta.
Su cabello se balancea lentamente.
Sus ojos permanecen abiertos.
Y, si alguien se acerca lo suficiente, escuchará una voz apenas audible que repite una advertencia que llegó demasiado tarde para él:
—Si el árbol te llama por tu nombre...
No respondas.Porque hay caminos de los que se puede regresar.
Y hay otros que comienzan cuando el mundo queda...
completamente al revés.
“A veces pierdes menos de lo que crees
y el otro pierde más de lo que imaginas”
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EL SEÑOR DE LOS VIENTOS
Odiseo llega a la isla flotante de Eolo, el señor de los vientos, después de sobrevivir a incontables peligros.
El dios lo recibe con hospitalidad, escucha su historia y decide ayudarlo a regresar a Ítaca.
Como regalo, le entrega un odre de cuero donde encierra todos los vientos que podrían desviar su rumbo.
Solo deja libre el viento del oeste, el único capaz de conducir su nave directamente hacia su hogar.
Durante nueve días y nueve noches, Odiseo gobierna el timón sin descanso.
Finalmente, agotado, cae dormido.
En el horizonte ya se distinguen las costas de Ítaca.
El viaje está a punto de terminar.
Pero sus propios compañeros, consumidos por la sospecha y la codicia, observan el misterioso odre.
Convencidos de que Eolo ha escondido en él oro y riquezas para su capitán, deciden abrirlo mientras Odiseo duerme.
En un instante, los vientos prisioneros escapan con una furia incontenible.
La tempestad envuelve la nave, el mar se convierte en un caos y las olas arrastran a los viajeros de regreso al punto de partida.
Ítaca desaparece otra vez en el horizonte.
Cuando Odiseo vuelve a suplicar la ayuda de Eolo, el dios se niega.
Cree que ningún mortal perseguido por semejante desgracia puede contar con el favor de los dioses.
Así, un viaje que estaba a solo unas horas de concluir se transforma en años de nuevos sufrimientos.
Homero deja una enseñanza que sigue siendo tan actual como el primer día: muchas veces no son los grandes enemigos quienes destruyen nuestros sueños, sino la desconfianza, la impaciencia y la ambición de quienes viajan con nosotros.
Hay oportunidades que solo aparecen una vez y basta un solo acto impulsivo para dejar escapar el viento que nos llevaba al destino que tanto anhelábamos y perdernos en la tormenta.
“El tiempo no borra, transforma, no porque lo que sucedió no haya importado, sino porque aprendiste a vivir si aquello que creías indispensable”