
Por Edgar Ochoa/ NOTIVER
Hay juegos que no solo se ganan, se sobreviven… y el de anoche en el Beto Ávila fue de esos que se juegan con el alma apretada y el corazón en la garganta, porque El Águila de Veracruz sacó un triunfo “tinto en sangre” al vencer 3-2 a los Olmecas de Tabasco, empatando la serie con carácter y mucho nervio:
Todo comenzó con ese zarpazo oportuno que marcó el rumbo, cuando en el cuarto episodio César Izturis encontró la pelota con autoridad y la mandó al central para traer dos al plato, dándole ventaja tempranera a los jarochos, pero este juego no iba a ser sencillo, porque Tabasco respondió en la quinta con la clásica jugada de “pisa y corre” que apretó la pizarra y le puso drama al asunto; sin embargo, Veracruz contestó de inmediato en la baja de ese mismo inning, fabricando la carrera que terminaría siendo la diferencia, esa que se trabaja a pulso, con rodado, presión y velocidad en los senderos, porque así también se ganan los juegos; pero si hay que hablar de los cimientos de esta victoria, hay que detenerse en la labor de Braulio Torres-Pérez, quien se subió a la loma con temple y lanzó cinco entradas de mucho oficio, permitiendo daño mínimo, sin regalar bases y dominando con inteligencia, demostrando que más allá de la velocidad, lo suyo es saber competir; a partir de ahí, el relevo hizo su parte como un reloj bien aceitado, entrando en momentos clave para mantener la ventaja y sostener el pulso del juego cuando más quemaba la pelota; y entonces llegó la novena, ese capítulo donde se cuentan las historias bravas, porque con la carrera del empate en segunda y sin outs, parecía que todo se venía encima, pero Jhan Mariñez sacó el carácter, apretó el brazo y con sangre fría retiró a tres bateadores consecutivos a punta de ponches, bajando la cortina de manera categórica y silenciando cualquier intento de rebelión tabasqueña; así, entre tensión, pitcheo oportuno y momentos clutch, El Glorioso se llevó una victoria que vale más que un simple número en el standing porque es de esas que fortalecen al grupo, que construyen identidad y que recuerdan que en el béisbol, como en la vida, hay que saber sufrir para saber ganar.