
Por: Yolanda Buitrón
SER PROFESIONAL DEBE SIGNIFICAR ALGO
No basta con llamar profesional a una liga.
También debemos preguntarnos qué existe detrás de esa palabra.
Hay palabras que repetimos tanto que corremos el riesgo de vaciarlas.
Una de ellas es “profesionalización”.
Decimos que el fútbol femenil se profesionaliza porque existen contratos, transmisiones, patrocinadores, futbolistas extranjeras y clubes reconocidos.
Todo eso importa.
Pero para mí ser profesional debe significar mucho más.
Debe significar que una futbolista encuentre una estructura capaz de sostener su carrera.
Instalaciones adecuadas.
Atención médica.
Preparación física.
Entrenadores capacitados.
Protección y bienestar.
Organización.
Categorías de formación.
Y un proyecto que pueda sobrevivir más allá de un buen torneo.
Este año Concacaf puso un tema importante sobre la mesa al lanzar sus primeras regulaciones de licenciamiento específicamente para clubes femeniles.
Me interesa mucho más lo que representa esa decisión que el documento mismo.
Porque obliga a responder una pregunta que llevamos años posponiendo:
¿Qué significa realmente ser un club profesional de fútbol femenil?
LA CANCHA ES SOLAMENTE LA PARTE VISIBLE
Nosotros vemos noventa minutos.
Una futbolista vive muchas más horas fuera de ellos.
Entrena.
Se recupera.
Viaja.
Come.
Descansa.
Recibe atención médica.
Analiza partidos.
Convive con un cuerpo técnico.
Se lesiona.
Regresa.
Construye una carrera que, además, tiene una duración limitada.
Entonces, cuando hablamos de profesionalización, yo quisiera que miráramos también aquello que la televisión no muestra.
¿Cuántas personas preparadas rodean a una futbolista?
¿Qué sucede cuando se lesiona?
¿Qué estructura juvenil existe detrás del primer equipo?
¿Qué condiciones encuentra una niña cuando entra a una cantera?
¿Cómo se protege su bienestar?
¿Qué sucede con ella si no llega a Primera División?
Porque un club puede contratar estrellas y seguir teniendo áreas fundamentales pendientes.
NO CONFUNDAMOS APARIENCIA CON ESTRUCTURA
Un vestidor bonito no profesionaliza.
Una campaña publicitaria tampoco.
Ni una contratación espectacular.
Todo eso puede formar parte de un proyecto profesional, pero no lo sustituye.
La profesionalización verdadera probablemente sea mucho menos fotogénica.
Está en el fisioterapeuta.
En la preparación de los entrenadores.
En los protocolos.
En la nutrición.
En las categorías juveniles.
En las condiciones de entrenamiento.
En la administración.
En la planificación.
En todo aquello que quizá nunca aparezca en una fotografía, pero que determina la carrera de una futbolista.
Por eso considero positivo que comiencen a establecerse estándares.
Pero también tengo una reserva:
una licencia no puede convertirse simplemente en otro diploma para colocar en la pared.
Los estándares sirven solamente cuando se cumplen, se supervisan y se elevan.
México ha avanzado muchísimo desde el nacimiento de la Liga MX Femenil.
Negarlo sería injusto.
Pero reconocer el avance no significa conformarnos.
Al contrario.
Cuanto más crece una liga, mayor debe ser nuestra exigencia.
Llegará un momento en que ya no bastará decir que tenemos fútbol profesional femenil.
Tendremos que demostrar qué significa ser profesional.
Y para mí la respuesta no estará solamente en los grandes fichajes, los estadios o las transmisiones.
Estará en algo mucho más sencillo:
en las condiciones que encuentra una futbolista cada mañana cuando llega a trabajar.
Porque profesionalizar el fútbol femenil no consiste únicamente en conseguir que las mujeres puedan vivir del fútbol.
También consiste en construir un fútbol que esté preparado para cuidar, desarrollar y respetar la profesión que ellas eligieron.
El día que eso ocurra en todos los clubes, quizá podamos dejar de hablar tanto de profesionalización.
Porque simplemente será lo normal.
Y ésa debería ser nuestra verdadera meta.
Y esa, también, es La Otra Mitad de la Cancha.