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VIVIENDO CON SENTIDO | NARCISO - Hay una verdad que los griegos antiguos conocían y que nosotros, criaturas modernas obsesionadas con espejos digitales y pantallas que devuelven nuestro rostro mil veces al día, hemos olvidado convenientemente…

Hay una verdad que los griegos antiguos conocían y que nosotros, criaturas modernas obsesionadas con espejos digitales y pantallas que devuelven nuestro rostro mil veces al día, hemos olvidado convenientemente: conocerse a sí mismo...

VIVIENDO CON SENTIDO | NARCISO - Hay una verdad que los griegos antiguos conocían y que nosotros, criaturas modernas obsesionadas con espejos digitales y pantallas que devuelven nuestro rostro mil veces al día, hemos olvidado convenientemente…

DAVID MANUEL MARTÍNEZ PÉREZ

Psicoterapeuta Clínico Certificado en Hellinger Sciencia ®

NARCISO

“PERCIBIENDO EL OTRO LADO DE LA REALIDAD”

Hay una verdad que los griegos antiguos conocían y que nosotros, criaturas modernas obsesionadas con espejos digitales y pantallas que devuelven nuestro rostro mil veces al día, hemos olvidado convenientemente: conocerse a sí mismo no es un acto de sabiduría.

Es, en ciertas circunstancias, una sentencia de muerte.

Tiresias, el adivino ciego cuyos ojos habían sido arrancados por dioses para que pudiera ver lo que ningún mortal debía ver, pronunció esa sentencia sobre un niño recién nacido, y su madre, Liríope, la escuchó con el mismo terror con que se escucha el crujido de una tumba que se abre antes de tiempo: “Vivirá muchos años, si nunca llega a conocerse a sí mismo”.
No era una advertencia.

Era una maldición disfrazada de profecía, una arquitectura del destino tan precisa y tan cruel que ningún acto de amor materno podría desviarla.

Y como toda maldición antigua, esperó.

Esperó paciente, como esperan las cosas que existen fuera del tiempo humano, mientras Narciso crecía, mientras su belleza se volvía leyenda, mientras ninfas y hombres por igual se consumían de deseo ante su presencia y él, indiferente, los dejaba morir sin más ceremonia que un desprecio silencioso.

Aminias fue uno de ellos.

Un joven que amó a Narciso con la desesperación de quien sabe que ama algo imposible, y que, tras ser rechazado con la frialdad de quien aplasta un insecto sin mirar, tomó su propia espada y se atravesó el pecho ante la puerta de su amado, no sin antes maldecirlo: que sintiera él también, algún día, lo que era amar sin ser correspondido.

Que la misma enfermedad que había sembrado en otros, la enfermedad del deseo imposible, germinara en su propio pecho y lo consumiera desde adentro.

Némesis, la diosa que no perdona ni olvida, escuchó esa maldición y la archivó junto a la profecía de Tiresias, como quien guarda dos piezas de un mecanismo que aún no ha llegado su hora de ensamblarse.

Esa hora llegó en un claro del bosque, junto a un estanque cuya agua era tan quieta, tan perfectamente inmóvil, que parecía no pertenecer del todo al mundo de los líquidos en movimiento.

Los pastores evitaban ese lugar, porque aquella agua “miraba de vuelta” y que no era un simple espejo natural, sino un umbral.

Narciso llegó allí exhausto tras la caza, sediento, ajeno por completo a la trampa que el destino había tejido con hilos invisibles desde el día de su nacimiento.

Se inclinó sobre el agua para beber.

Y en ese instante -el instante que Tiresias había profetizado sin fecha exacta pero con certeza absoluta- sus ojos se encontraron con su propio reflejo.

Al principio, no comprendió lo que veía.

Pensó, que se trataba de un espíritu del agua, una criatura de belleza.

Se enamoró instantáneamente, con la violencia irracional de quien es golpeado por una fuerza que no comprende y que no puede negociar.

Extendió la mano hacia el rostro que lo miraba desde las profundidades líquidas, y el rostro, por supuesto, extendió la mano también, imitando cada gesto con una sincronía que debería haberle resultado aterradora y que, sin embargo, solo alimentaba su deseo.

Fue en ese punto y aquí está el verdadero horror, cuando Narciso comprendió… ¡Ese soy yo!
No era un espíritu.

Era él mismo, reflejado en la superficie quieta del agua,
ahí residía la verdadera condena, Narciso no murió por ignorancia, no murió confundido creyendo amar a otro ser.

Murió sabiendo, con una lucidez devastadora, que amaba una imagen, un reflejo, una superficie sin sustancia, y que ese amor era literalmente inalcanzable, y aun sabiéndolo, no podía -no podía físicamente- apartar la mirada.

La profecía de Tiresias no hablaba de un castigo divino externo.

Hablaba de algo mucho más terrible: la autoconciencia total como una trampa neurológica, un bucle de la mente humana que, una vez activado, no tiene mecanismo de escape.

Intentó levantarse. Su cuerpo, negó a obedecer.

Sus piernas permanecían dobladas junto al estanque, como si raíces invisibles hubiesen crecido desde sus talones hasta enterrarse en la tierra húmeda.

Intentó cerrar los ojos. No pudo.

Algo en la arquitectura misma de aquel lugar -ese umbral entre mundos que los pastores tanto temían- sostenía sus párpados abiertos con una fuerza que no era física sino existencial, como si el propio estanque exigiera ser observado, como si la imagen reflejada necesitara, para sostener su propia existencia efímera, la mirada constante de quien la había creado.

Los días pasaron. El sol lo quemó. La lluvia lo empapó.

Su piel, antes admirada por dioses y mortales, comenzó a marchitarse como una flor cortada, mientras sus ojos -inmóviles, fijos, incapaces de parpadear siquiera- permanecían clavados en aquel rostro que lo miraba desde las profundidades, un rostro que también comenzaba a desvanecerse, a fragmentarse, como si la imagen reflejada estuviese muriendo al mismo ritmo que el cuerpo que la proyectaba.

Eco, la ninfa que había amado a Narciso hasta perder su propio cuerpo, condenada por Hera a existir únicamente como sonido sin sustancia, sintió desde su escondite entre las rocas el eco distante de su agonía.

No podía acercarse.

No podía tocarlo, consolarlo, ni siquiera hablarle con palabras propias, porque su castigo le permitía únicamente repetir lo que otros decían.

Pero escuchó sus últimos murmullos, y los repitió hacia el vacío del bosque.

Y aquí, los dos amantes fallidos de esta historia -el hombre que amó una imagen y la ninfa que amó una voz que ya no era suya- se convirtieron en espejos invertidos del mismo horror: uno disuelto en pura visualidad sin cuerpo, la otra disuelta en pura sonoridad sin sustancia.

Ninguno pudo tocar lo real.

Ambos quedaron atrapados en fragmentos de sí mismos, ecos de una existencia que ya no podían habitar completamente.

Narciso murió sin apartar la mirada.

Su cuerpo, cuando finalmente cedió a la muerte, no cayó de espaldas como caen los mortales comunes.

Se desplomó hacia adelante, hacia el estanque, como si incluso en su último instante de consciencia buscara fundirse por completo con aquella imagen que tanto había amado y que tanto lo había destruido y su sombra se inclinó sobre las aguas estigias tal como se había inclinado sobre el estanque terrenal.

Y que, incluso en la muerte, incluso desprovisto de cuerpo físico, algo de él permaneció mirando su propio reflejo en aquellas aguas del más allá, incapaz de liberarse de la profecía había tejido desde antes de su nacimiento.

Ni la muerte fue suficiente para romper el hechizo.

El estanque terrenal se secó con los años, y en su lugar creció una flor blanca de centro dorado que los mortales, ignorantes del horror real que representaba, decidieron llamar con su nombre Narciso.

Pero en las aguas del Estigia, la sombra de Narciso sigue inclinada, sigue mirando, sigue atrapada en un bucle que ni los dioses del inframundo han podido -o querido- deshacer.

Porque hay castigos que no terminan con la muerte del cuerpo.

Hay condenas que se tejen en la estructura misma de la consciencia, y que persisten mientras exista algo, cualquier cosa, capaz de reflejar una imagen ante ojos que ya no pueden apartarse.

Quien solo vive para su propia imagen termina perdiendo el mundo que lo rodea.

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Psicoterapia Práctica
Manuel David Martínez
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