Por Rodrigo Barranco Déctor
En la localidad de Villa Allende aparecieron un pelícano y un manatí muertos.

Dos cuerpos en menos de un día.
Dos evidencias directas del deterioro ambiental que avanza en Coatzacoalcos sin control y sin autoridad que lo enfrente.
No hubo operativo, no hubo inspección, no hubo presencia oficial. Solo fauna muerta en una zona donde los derrames y residuos aceitosos ya forman parte del paisaje cotidiano.
El pelícano quedó tirado en la arena de la colonia Escolleras, a la altura de Carolino Anaya. Vecinos reportaron manchas oscuras en la superficie, olor penetrante a hidrocarburo y restos de material aceitoso adherido a la arena.
La escena no sorprendió a nadie: desde hace semanas, pescadores y habitantes han denunciado la presencia constante de contaminantes en la franja costera, sin que alguna institución responda o siquiera reconozca el problema.
Horas después, pescadores encontraron un manatí flotando en el río Coatzacoalcos. Lo remolcaron hasta el muelle de Villa Allende porque ninguna autoridad ambiental acudió. Ni PROFEPA, y Semarnat, ni personal especializado.
El cuerpo de una especie protegida quedó bajo resguardo de quienes viven del río, no de quienes deberían protegerlo.
La omisión institucional fue total.
Las causas de muerte no han sido determinadas. No hay necropsias, no hay dictámenes, no hay informes preliminares.
Lo único verificable es el contexto: presencia de hidrocarburos en agua y arena, mortandad reciente de fauna marina y ausencia absoluta de respuesta gubernamental.
La zona opera en un vacío ambiental donde cada hallazgo se suma a un patrón evidente: contaminación sostenida, fauna afectada y silencio oficial.
Los pescadores describen el agua como una mezcla espesa que se adhiere a redes, motores y embarcaciones.
Hablan de peces que suben a la superficie sin fuerza, de tortugas que ya no llegan a la orilla y de aves que caen debilitadas.