CIUDAD DE MÉXICO (Agencias).- El 24 de febrero de 2022, Sergey tenía 25 años y trabajaba como electricista en una mina de Ucrania cuando Rusia inició la invasión de su país.
Aquel día decidió abandonar su empleo para incorporarse al ejército ucraniano.
Nueve meses después, mientras cumplía una misión militar en Járkov, pisó una mina antipersonal que le arrancó gran parte de un pie.
La guerra cambió su vida, pero una prótesis desarrollada a miles de kilómetros del frente de batalla, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), le permitió recuperar la movilidad y volver a caminar sin ayuda.
Especialistas y estudiantes de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES), campus Juriquilla, Querétaro, diseñaron una prótesis de fibra de carbono adaptada a las lesiones del soldado ucraniano, mediante un proceso de rehabilitación integral que se prolongó durante cuatro meses.
El proyecto reunió a profesionales de medicina, fisioterapia, nutrición, órtesis y prótesis, quienes trabajaron para que Sergey pudiera recuperar actividades cotidianas que había perdido después de la explosión.
Actualmente, el joven se encuentra de regreso en Ucrania con su familia y puede caminar sobre diferentes terrenos, correr, agacharse y subir o bajar escaleras y rampas.
De electricista a soldado
Antes de la invasión rusa, Sergey trabajaba en una de las actividades económicas relevantes de Ucrania: la minería.
Sin embargo, el inicio de las operaciones militares rusas, el 24 de febrero de 2022, modificó sus planes.
Como miles de ciudadanos ucranianos, decidió incorporarse a las fuerzas armadas para defender su país.
El 11 de noviembre de ese mismo año, mientras participaba en una operación militar en Járkov, una de las principales ciudades industriales y culturales de Ucrania, sufrió la lesión que cambiaría su vida.
“Mientras cumplía una tarea militar, una mina antipersonal explotó”, relató el joven durante una entrevista realizada mediante videoconferencia.
La explosión le provocó una amputación parcial del pie, conocida médicamente como amputación de Chopart, que implica la pérdida de una parte importante de la estructura del pie.
Luisa Alejandra Santos Borráez, académica de la ENES Juriquilla y responsable del equipo universitario que atendió al soldado, explicó que la explosión destruyó gran parte de la extremidad.
“El afectado sufrió una amputación parcial, también conocida como amputación parcial de tipo Chopart, luego de haber pisado una mina terrestre que le ocasionó perder gran parte del pie, lo único que conservó fue su talón”, detalló.
De acuerdo con el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), las minas antipersonales están diseñadas para matar o provocar lesiones graves cuando son activadas por una persona.
Generalmente permanecen enterradas o camufladas y pueden afectar tanto a combatientes como a civiles.
En el caso de Sergey, la explosión no sólo significó la pérdida de una parte de su cuerpo, sino el inicio de un prolongado proceso médico y de rehabilitación.
Inicialmente recibió atención en Ucrania, donde fue sometido a una cirugía y posteriormente ingresó a un hospital privado cuyo tratamiento fue cubierto por el gobierno ucraniano.
“Primero cirugía y luego rehabilitación en un hospital privado pagado por el gobierno ucraniano”, recordó.
Durante esa etapa recibió dos prótesis fabricadas con un material similar a la resina.
Sin embargo, una de ellas terminó por romperse y la otra dejó de ajustarse adecuadamente a su cuerpo.
La dificultad para caminar y realizar sus actividades cotidianas lo llevó a buscar una nueva alternativa.
La conexión con México
La posibilidad de recibir atención en México surgió mediante un programa de vinculación promovido por el gobierno ucraniano y organizaciones civiles que buscan mejorar las condiciones de vida de los veteranos de guerra y de las personas que han sufrido lesiones durante el conflicto.
La Sociedad Civil Ucraniana en México, con apoyo de la Embajada de Ucrania y del Ministerio de Salud de ese país, estableció contacto con especialistas de la ENES Juriquilla.
La institución universitaria ofrecía una alternativa que no se limitaba a fabricar una prótesis, sino que contemplaba un tratamiento multidisciplinario para atender las condiciones físicas y emocionales del paciente.
El equipo estuvo encabezado por Santos Borráez y contó con la participación de la académica Nora Ramírez y la estudiante Aleida Cisneros, del área de Nutrición; Adrián Pastrana y Andrea Peña, de la licenciatura en Órtesis y Prótesis, así como Daniel Rodríguez y Andrea Torres, estudiantes de Fisioterapia.
El primer obstáculo fue la distancia.
Antes de que Sergey pudiera viajar a México, los especialistas comenzaron a trabajar mediante videoconferencias, con apoyo de traductores voluntarios y aplicaciones de traducción para superar las dificultades del idioma.
Finalmente, el soldado llegó a México en noviembre de 2024.
Su condición física planteaba nuevos desafíos.
Había perdido peso y la prótesis que utilizaba era demasiado grande, por lo que le impedía desplazarse adecuadamente.
“El joven llegó procedente de Ucrania en noviembre de 2024, con una prótesis que no se adaptaba a sus medidas, ya que él había bajado de peso y ésta era de un tamaño más grande de lo que requería; por tanto, le impedía hacer sus actividades diarias de manera adecuada”, explicó Santos Borráez.
Cuatro meses para recuperar la movilidad
El tratamiento comenzó con una valoración médica integral para determinar las necesidades del paciente y las características de la nueva prótesis.
Los especialistas detectaron que Sergey presentaba bajo peso, además de dificultades musculares y de equilibrio, por lo que fue necesario desarrollar un programa de nutrición y fisioterapia antes de iniciar la fabricación del dispositivo definitivo.
La lesión representaba un reto particular debido a que había conservado únicamente el talón, lo que reducía el espacio disponible para adaptar la prótesis.
Después de las valoraciones y los tratamientos iniciales, el equipo determinó que el paciente reunía las condiciones para comenzar el procedimiento.
Los especialistas tomaron medidas de la extremidad, elaboraron moldes y desarrollaron una prótesis de prueba mediante un proceso de termoformado y ajustes sucesivos.
El dispositivo incluía un socket, la estructura que permite alojar y sostener la parte residual de la extremidad.
Sergey utilizó la prótesis provisional durante un mes, periodo en el que los universitarios realizaron modificaciones para mejorar su alineación, estabilidad y comodidad.
Una vez que lograron la adaptación adecuada, fabricaron la prótesis definitiva con fibra de carbono y un sistema de apoyo en la parte anterior de la tibia.
“Primero se le tomaron medidas para elaborar sus moldes, sobre eso se hace el proceso de termoformado que involucra diversos ajustes hasta tener el socket definitivo. El joven ucraniano utilizó esta prótesis de prueba un mes y una vez que se hizo la alineación, la adaptación y el paciente se sintió cómodo, se desarrolló la definitiva. Todo el procedimiento tuvo una duración de cuatro meses”, explicó Santos Borráez.
La académica destacó que la UNAM dispone de especialistas y herramientas tecnológicas, incluidos escáneres y robots, que permiten desarrollar dispositivos con mayor precisión y agilizar los procesos de fabricación.
Sin embargo, subrayó que la recuperación del paciente fue posible por la participación coordinada de distintas disciplinas, y no únicamente por el desarrollo tecnológico.
Una segunda oportunidad
Después de cuatro meses de tratamiento, Sergey recibió el alta médica y regresó a Ucrania con su familia.
La prótesis le permitió recuperar funciones que antes resultaban difíciles o imposibles de realizar.
Ahora puede caminar sin ayuda, desplazarse sobre distintos terrenos, correr, agacharse y utilizar escaleras y rampas.
También mejoró su equilibrio, particularmente al sostenerse sobre una sola extremidad.
“Me gustó el trabajo. Están cuidándome mucho, corriendo, siempre haciendo algo, tratando de ajustar las cosas, ayudando”, expresó el joven sobre la atención que recibió en México.
Para los especialistas de la UNAM, el caso también representó una oportunidad de formación para los estudiantes que participaron en el desarrollo de la prótesis y en el tratamiento de rehabilitación.
Santos Borráez explicó que la universidad evalúa extender este tipo de atención a otras personas afectadas por la guerra, mediante la colaboración con organizaciones civiles y autoridades ucranianas.
La experiencia forma parte de los esfuerzos internacionales para atender a quienes han sufrido amputaciones y otras lesiones graves durante el conflicto armado.
De acuerdo con cifras de Naciones Unidas citadas en la información universitaria, durante los primeros tres años de la invasión rusa se documentaron al menos 12 mil 600 civiles muertos y más de 29 mil heridos en Ucrania, entre ellos 2 mil 400 niños.
Las consecuencias de la guerra también alcanzan a quienes sobreviven con lesiones permanentes y requieren tratamientos especializados para recuperar parte de su autonomía.
Aunque Ucrania mantiene acuerdos de cooperación para la rehabilitación de personas lesionadas con países como Canadá, Alemania y Japón, la vinculación con México permitió incorporar atención física, nutricional y actividades orientadas a la recuperación emocional.
Sergey recuerda su estancia en México, entre otras cosas, por el “calorcito” que encontró durante su rehabilitación.
De regreso en su país, espera que otros compatriotas que han sufrido amputaciones puedan acceder a tratamientos semejantes.
Su experiencia terminó por convertirse en una historia de colaboración entre dos países separados por miles de kilómetros, pero unidos por la necesidad de atender las consecuencias de una guerra que continúa dejando víctimas.
“Muchísimos ucranianos en este instante necesitan ayuda”, advirtió.