
El barco fantasma
Por Sergio González Levet
Barcos fantasmas ha habido muchos en la historia y en las leyendas de los mares del planeta.
En cada parte del mundo hay embarcaciones que surcan simbólicamente las aguas y la imaginación de los marinos y los pescadores.
Cualquier marinero que se respete tiene cuando menos un cuento sobre alguna embarcación que aparece de repente entre las olas sin tripulación visible, comandada generalmente por espíritus que aúllan o lloriquean para espanto de quienes escuchan.
En el mundo occidental, seguramente el barco fantasma más conocido es el Mary Celeste, un navío de carga que zarpó desde Nueva York a principios de noviembre de 1872 con destino a Italia, y lo hallaron abandonado y a la deriva el 5 de diciembre de aquel año en las inmediaciones de las islas Azores, a unos 3,500 kilómetros de Portugal.
Los tripulantes del barco Dei Gratia vieron que no estaban en la embarcación el capitán Benjamin Briggs, su esposa, su hija de dos años ni su pequeña tripulación de siete personas, y sin embargo todo parecía en orden: las velas estaban izadas a la mitad, la carga estaba completa y no había señales de violencia.
Otro barco que también se aparece en el Atlántico Norte, según puede contar cualquier capitán de navío que cruza entre América y Europa, es una visión borrosa del Titanic, que muchos juran haber entrevisto a través de la niebla y hasta cuentan con emoción misteriosa que se escuchan a su paso las notas de la orquesta que tocó hasta el final la noche del famoso hundimiento del trasatlántico, junto con risas y gritos de los hipotéticos pasajeros.
Ya en el terreno de la ficción real, el Perla Negra del capitán Jack Sparrow -legendariamente encarnado por el actor Johnny Deep en la saga de películas de Los piratas del Caribe- es seguramente el navío espectral más famoso, inventado por Hollywood y por los estudios Disney.
Pero hay un barco fantasma que puede hacerse muy famoso en nuestra tierra.
Es una nave que nadie ha visto, que nadie puede describir, cuyo nombre y condiciones no se conocen, y menos su nacionalidad.
Lo único que sabemos de él es su condición de embarcación propiedad de una compañía privada y nunca de Pemex, y su enorme capacidad de carga, pues el derrame de que se le acusa tiene contaminados por hidrocarburos más de 600 kilómetros de playas veracruzanas (unas gotitas, según la versión oficial), así como una buena cantidad de los litorales de Tabasco, y de la Península de Yucatán.
Ese barco fantasma -que podríamos llamarle el carguero Claudia o la embarcación de la Cuatroté- ha estado dando lata en los comunicados oficiales y es acusado en ellos (sin pruebas, por cierto) de ser el causante de la tragedia contaminante que tiene asolados a los pescadores, a los mantos coralinos, y a la flora y la fauna marinas del Golfo de México.
Ese barco inventado puede ser la gota que derrame el vaso de la paciencia de Trump ante las mentiras reiteradas del Gobierno de México.
¡Aguas con él!
sglevet@gmail.com