
Por: Yolanda Buitrón
EL FÚTBOL DEL MAÑANA
EL PARTIDO QUE NADIE PREPARA
La vida después del retiro
Cuando una niña entra por primera vez a una cancha de fútbol, comienza un largo camino de preparación.
Aprende a controlar un balón, a correr bajo la lluvia, a levantarse después de una derrota, a trabajar en equipo y a soportar la presión de la competencia.
Cada entrenamiento tiene un propósito: convertirla en una mejor futbolista.
Sin embargo, hay una lección que casi nadie le enseña.
Cómo dejar de ser futbolista.
Puede parecer una pregunta lejana para quien apenas inicia su carrera, pero es una realidad que llegará mucho antes de lo que imaginamos.
Mientras un médico, un maestro, un abogado o un empresario pueden ejercer durante cuatro décadas o más, la vida profesional de una deportista de alto rendimiento suele terminar entre los 30 y 35 años.
Algunas incluso deben retirarse antes debido a lesiones, maternidad o simplemente porque las oportunidades desaparecen.
Paradójicamente, el momento más importante de su vida profesional suele ser también el menos preparado.
Y de eso hablamos muy poco.
Cuando observamos un partido desde la tribuna o frente al televisor, solemos pensar en los goles, las atajadas, las tácticas o los campeonatos.
Admiramos la disciplina que hay detrás de cada triunfo, pero rara vez nos preguntamos qué ocurre cuando la carrera termina.
Porque el retiro de una futbolista no consiste únicamente en dejar de jugar.
Implica despedirse de una identidad.
Durante años, muchas de ellas responden a una sola definición: “soy futbolista”.
Toda su rutina gira alrededor del entrenamiento, la alimentación, los viajes, la competencia, el vestidor y la convivencia con sus compañeras.
Su calendario lo marcan los torneos y su vida está organizada alrededor de un balón.
De un día para otro, todo eso desaparece.
No vuelve a sonar el despertador para ir al entrenamiento.
No hay concentración antes de un partido.
No existe la emoción de escuchar el silbatazo inicial ni la satisfacción de compartir un triunfo con el equipo.
La rutina cambia por completo y, con ella, también cambia la percepción que muchas tienen de sí mismas.
Los especialistas en psicología deportiva explican que este proceso puede vivirse como un duelo.
No solo se pierde un empleo; se pierde un proyecto de vida que durante años dio sentido a cada día.
Algunas deportistas experimentan ansiedad, incertidumbre o incluso depresión al enfrentarse a una realidad para la que nadie las preparó.
Y no es porque sean débiles.
Es porque durante años fueron entrenadas para competir, pero no para cerrar un ciclo.
En el fútbol varonil existen casos ampliamente conocidos de exjugadores que, tras retirarse, enfrentaron problemas económicos, emocionales o de adaptación.
En el fútbol femenil el reto puede ser aún mayor, porque muchas jugadoras, además de despedirse del deporte, lo hacen después de haber desarrollado su carrera en un entorno donde los salarios todavía están lejos de garantizar estabilidad económica para el resto de su vida.
Por eso resulta indispensable comenzar a cambiar la conversación.
El éxito de una institución deportiva no debería medirse únicamente por los campeonatos que conquista o por la cantidad de aficionados que llena un estadio.
También debería evaluarse por la forma en que acompaña a quienes dedicaron su juventud a defender sus colores.
En algunos países, clubes y asociaciones deportivas han entendido esta realidad.
Existen programas que ayudan a los atletas a concluir sus estudios, aprender idiomas, desarrollar habilidades administrativas, prepararse para emprender un negocio o capacitarse para convertirse en entrenadores, analistas, árbitros o directivos.
El objetivo es que el retiro no represente un salto al vacío, sino la transición hacia una nueva etapa.
México ha comenzado a dar pasos importantes en la profesionalización del fútbol femenil.
La Liga MX Femenil ha crecido de manera notable en infraestructura, difusión, asistencia y nivel competitivo.
Hoy nuestras jugadoras cuentan con mejores condiciones que hace apenas una década, y eso merece reconocerse.
Pero el siguiente gran reto quizá no esté dentro de la cancha.
Está fuera de ella.
¿Estamos preparando a nuestras futbolistas para el día en que cuelguen los tachones?
¿Los clubes impulsan la educación universitaria de sus jugadoras?
¿Existen programas permanentes de orientación financiera?
¿Se les ayuda a construir una segunda carrera profesional?
¿Hay acompañamiento psicológico para afrontar el retiro?
Son preguntas necesarias si realmente queremos hablar de un fútbol profesional e integral.
Porque el desarrollo de una futbolista no termina cuando aprende a dar un buen pase o a ejecutar un tiro libre.
También implica ayudarla a descubrir quién será cuando ya no vista un uniforme cada fin de semana.
He conocido a mujeres extraordinarias dentro del deporte.
Algunas se han convertido en entrenadoras, otras en comentaristas, directivas, árbitras o empresarias.
Han demostrado que el fútbol deja enseñanzas que trascienden la cancha: liderazgo, disciplina, resiliencia, trabajo en equipo y capacidad para enfrentar la adversidad.
Esas habilidades tienen un enorme valor en cualquier profesión.
Pero para aprovecharlas hace falta planificación.
Hace falta acompañamiento.
Hace falta visión.
Quizá ha llegado el momento de que los clubes dejen de formar únicamente futbolistas y comiencen a formar proyectos de vida.
Imaginen por un momento que cada jugadora egresara de una institución con una carrera universitaria avanzada, educación financiera, herramientas para emprender y un plan profesional para el día después del retiro.
No solo estaríamos construyendo mejores deportistas; estaríamos formando mujeres más fuertes, independientes y preparadas para cualquier escenario.
Ese también sería un triunfo para el fútbol mexicano.
Porque los campeonatos llenan vitrinas.
Los goles llenan estadios.
Las figuras venden camisetas.
Pero el verdadero legado de un club se construye cuando una exjugadora puede mirar hacia atrás, sonreír y decir con orgullo:
El fútbol no solo me enseñó a jugar… me enseñó a vivir.
Y quizá ese sea el campeonato más importante de todos.
El que no entrega medallas.
El que no aparece en las estadísticas.
Pero el que transforma vidas para siempre.
Y esa, también, es la otra mitad de la cancha.