DAVID MANUEL MARTÍNEZ PÉREZ
Psicoterapeuta Clínico
Certificado en Hellinger Sciencia ®
LEALTAD
“PERCIBIENDO EL OTRO LADO DE LA REALIDAD”
La gente no es leal a ti, mantienen lealtad a lo que necesitan de ti
El día que dejas de ser útil, olvidan que una vez importaste para ellos.
Algunas personas son ingratas, inconstantes, inconsistentes, falsas, cobardes, cuando lo aceptas, no para volverte frío, ni insensible, sino para volverte más inteligente y calculador, se útil pero jamás dependiente, porque el que es necesario domina, el que depende se arrastra.
Pon a prueba a las personas con tus ausencias y veras que quienes estaban por conveniencia a tu lado y si esto no te gusta mejor despierta, porque el mundo no premia al bueno, premia y reconoce al estratégico y si de verdad quieres dejar de ser usado, empieza a usar tu mente, tu sentido común, tu percepción, tu intuición, así se construye la independencia y el poder, con educación académica, emocional, financiera y espiritual y esto es estrategia.
SOLITUD
A los hombres, a cierta edad, nos gusta pasar tiempo solos, esto no es soledad, esto se llama solitud
No siempre por tristeza ni por rechazo al mundo.
Muchas veces, por necesidad.
Después de años de ruido, expectativas ajenas, exigencias, errores, promesas incumplidas, objetivos no logrados, aparece un cansancio distinto, no es cansancio del cuerpo, es saturación interna.
La soledad, entonces, deja de ser vacío y se vuelve filtro.
Un espacio donde nadie pide, nadie exige, nadie juzga.
Ahí el hombre empieza a escuchar pensamientos que había estado tapando con trabajo, relaciones o distracciones constantes.
Y aquí es donde tu vida se asoma, aunque no lo hayas pensado así.
Tal vez últimamente prefieres el silencio.
Cancelas planes sin culpa.
Te incomoda la conversación superficial.
No porque seas frío, sino porque ya no te sirve lo que no va a ningún lado.
A esa edad, la soledad no es huida, es evaluación.
Se revisan decisiones pasadas.
Se miden las renuncias.
Se confronta la pregunta que nadie más puede responder:
“¿Esta vida que llevo fue elegida… o simplemente ocurrió?”
Por eso muchos hombres se aíslan sin saber explicarlo.
No están perdidos.
Están recalculando.
El detalle inquietante es que no todos soportan lo que aparece en ese silencio.
Algunos descubren que han vivido para otros.
Otros que se traicionaron durante años.
Otros que ya no saben qué desean sin la aprobación externa.
Y entonces la soledad deja de ser cómoda y se vuelve necesaria.
La cuestión no es si te gusta estar solo.
La cuestión es qué estás escuchando cuando lo estás.
Porque hay silencios que restauran…
y otros que revelan verdades para las que no todos están preparados.
VEJEZ & EGO
La vejez no nos molesta por lo que hace al cuerpo, sino por lo que hace al ego.
“Viejos” son siempre los otros: los que caminan lento, los que repiten historias, los que estorban.
Nosotros estamos en “plena vigencia”.
Un maquillaje semántico digno de embalsamador ilustrado.
Pero el tiempo no debate: factura.
Y la factura llega con intereses, letra pequeña y sin derecho a reclamo.
El cuerpo empieza a fallar con la discreción de un electrodoméstico caro: no se daña del todo, pero ya no responde como antes.
La energía se administra como pensión mínima y la mirada ajena se inclina apenas.
No es compasión, es ensayo general.
El mundo nos va bajando el volumen sin avisar.
La sociedad, siempre solícita, ofrece una vejez light: activa, sonriente, no conflictiva.
Viejos funcionales, preferiblemente mudos.
Ancianos de catálogo, con zapatos limpios y opiniones breves.
Y nosotros aceptamos el trato: negamos la edad creyendo que así evitamos el destino.
Grave error.
Negar la vejez es firmar el contrato de tutela anticipada.
A los sesenta y siete, la vejez no se siente: se gestiona.
Y ahí entran los hijos, esos querubines con Excel e Inteligencia Artificial.
Sin mala intención, pasan de hijos a padres, de afecto a supervisión, de cariño a protocolo.
Empiezan con un “es por tu bien” y terminan decidiendo horarios, dietas, silencios.
En el mejor de los casos, amigos; en el peor, administradores de tu ocaso.
El tiempo, al parecer, revoca la adultez sin derecho a apelación.
Los cuidadores ejecutan la operación con precisión quirúrgica.
Diminutivos, órdenes suaves, premios por obedecer.
El viejo deja de ser persona y pasa a ser rutina.
Ya no envejece: se le programa.
El lenguaje es el arma blanca: “ya comió”, “hay que bañarlo”, “no entiende”.
El nombre propio se archiva antes que el cadáver.
La infantilización es la forma educada de la violencia.
No grita, no golpea, no mancha.
Sonríe.
Trata al adulto como a un niño con arrugas, lo lleva de la mano cuando todavía sabe caminar y le habla despacio como si la vejez fuera una variante leve de la estupidez.
El agente topo lo retrata sin anestesia: la peor soledad no es estar solo, sino estar bien atendido.
A esta edad, lo digo sin pudor: prefiero una enfermera fría a un hijo con vocación de tutor.
Que me cuiden, sí.
Que me asistan, claro.
Pero que no me dulcifiquen la decadencia ni me conviertan en proyecto pedagógico.
Las complicidades las manejo yo.
Y si ya no puedo, al menos que no me traten como si hubiera regresado al kínder con canas.
Porque hay algo más degradante que ser viejo: ser administrado como un niño tardío.
Y contra eso, más que contra el tiempo, más que contra la muerte, conviene empezar a defenderse.
Con lucidez.
Con sarcasmo.
Y, mientras se pueda, con mala leche bien escrita.
Psicoterapia Práctica
Manuel David Martínez
Consultas Previa Cita
229-7799859