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TEXTO IRREVERENTE | LUNES DE NEGACIÓN - La Semana Santa comenzó enchapopotada en Veracruz. Y no es porque hayan asfaltado las carreteras para facilitar el flujo de turistas sino porque el chapopote está donde no debería...

La Semana Santa comenzó enchapopotada en Veracruz. Y no es porque hayan asfaltado las carreteras para facilitar el flujo de turistas sino porque el chapopote está donde no debería: el mar y las playas afectando, precisamente, a...

Por Andrés Timoteo
LUNES DE NEGACIÓN
La Semana Santa comenzó enchapopotada en Veracruz.

Y no es porque hayan asfaltado las carreteras para facilitar el flujo de turistas sino porque el chapopote está donde no debería: el mar y las playas afectando, precisamente, a los visitantes que buscan bañarse y asolearse en sus arenas.

Así mismo, al periodo vacacional lo antecedió la negación pues la gobernante en turno, Rocío Nahle, incluso se le adelantó a Simón Pedro, el apóstol que negó tres veces a Cristo a la hora de la tribulación.

Eso hizo la zacatecana en cuanto al daño ecológico provocado por la marea negra en el litoral veracruzano.

Lo ha negado todo y más de tres veces.

Si se descuida, en una de esas hasta le puede cantar el gallo. Risas.

Basta la revisión de su discurso en la última semana para comprobar lo anterior.

“No es gran cosa lo que ha estado llegando”, dijo al inicio ante pescadores de Coatzacoalcos.

“Los delfines muertos, no los hay”, declaró luego en conferencia de prensa en Jalapa.

“Las playas están limpias, llegaron (sic) en forma de gotas”, afirmó en una entrevista ‘banquetera’.

¿Qué o quiénes llegaron?, ¿las playas?

Bueno, sintácticamente la señora habla como piensa, pero se entiende que se refiere a las manchas de petróleo.

Y “solo hay trazas de hidrocarburo en algunos sitios”, aseguró durante un recorrido por las playas de Boca del Río.

Son cuatro declaraciones que se caen por sí mismas ante las pruebas de video y testimonios difundidos tanto por la población afectada, pescadores entre los más, como por organizaciones ambientalistas.

El brete declarativo de la gobernante es tan de chunga que uno de sus dichos, aquel sobre las “gotas” hasta lo hicieron albur en viñetas periodísticas y ‘memes’ de las redes sociales.

La negación discursiva se le revirtió a Nahle y, para no variar, le daña su imagen.

Y es un daño innecesario, una suerte de golpe autoinfligido, ya que no había necesidad de que ella absorbiera parte del impacto negativo del derrame de hidrocarburo, no es su responsabilidad directa ni inmediata.

Tan sencillo hubiera sido admitir a tiempo -se tardó más de diez días en salir a dar una declaración- la contaminación, dar la razón a los pescadores y demás población afectada, efectuar labores de limpieza y desplegar un programa de apoyos en especie a quienes paralizaron sus actividades económicas.

Hubiera bastado con convocar al aseo colectivo en las regiones de vocación turística y comprometerse en lo mejor posible para facilitar las condiciones de un buen periodo vacacional.

Pero como el “hubiera” no existe, dicen los puristas del razonamiento, todo se le reviró.

La negación no es la solución, parece lema campaña pero eso le aplica a la zacatecana quien además ya ha demostrado en lo que lleva gobernando que no es diestra en la retórica correcta.

Va de pifia en pifia verbal.

Desde los “hechos aislados” cuando hay una masacre y la muerte “por infarto” de una víctima torturada por criminales hasta eso de que “el río se desbordó ligeramente”, que “el dinero no es el problema” y ahora los dislates discursivos por el derrame de chapopote, cuatro al tiro.

DESASTRE DISCURSIVO

Si sabía y estaba decidida a dedicarse a la política y la administración pública, ¿por qué no se preparó para emitir declaraciones sensatas y, sobre todo, creíbles o al menos persuasoras.

Y más aún, ¿por qué teniendo los recursos, el poder y los problemas no contrata a asesores preparados y eficientes que la ayuden a superar esas taras?

Los que tiene ahora dan pena ajena.

Los portavoces formales: Rodolfo Bouzas, Benita González y María de la Cruz Vázquez están ‘pa’l gato’, como dicen en el pueblo, son analfabetas funcionales en eso de la comunicación política.

Y los añadidos: la horda de voceros, propagandistas, gacetilleros y publicistas tampoco la ayudan aunque la llenen de piropos en sus espacios.

Les urge -a ella y a sus voceros- un curso urgente y exprés sobre el manejo de la retórica política, la que los expertos definen como el arte de la persuasión o convencimiento mediante la comunicación oral o escrita, principalmente en el ámbito del gobierno y el discurso social.

Vaya, por lo menos deberían ser autodidactas, aprovechar estas vacaciones y ponerse a leer tres libros básicos sobre el tema.

Dos son muy amenos: "Retórica y Comunicación Política" (2000) de los españoles Antonio López Eire y Javier de Santiago Guervós, y "¿Me hablas a mí?

La retórica desde Aristóteles hasta Obama" (2012) del británico Sam Leith.

Y, por supuesto, el obligatorio para todos los dedicados al manejo de la imagen institucional y que de hecho es el recetario clásico en el tema: “A Rulebook for Arguments” (“Manual de reglas para la argumentación”, 1984) del escritor y filósofo estadounidense Anthony Weston.

Si Nahle y sus asesores hubiesen leído a Weston habrían vadeado esos desaciertos verbales de los “hechos aislados”, la taxista “infartada”, el río “desbordado ligeramente” y ahora las “gotas” de petróleo y los delfines fantasmas.

Así de sencillo, con las lecturas indicadas se hubieran ahorrado críticas, ‘memes’ y la pena ajena ante el desastre discursivo que los baldona.

*Envoyé depuis Paris, France.