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TEXTO IRREVERENTE | EL NEGRO JOSÉ - Comenzaron los afrocarnavales en Veracruz, son ocho aunque eran nueve pero uno se pervirtió políticamente y al final desapareció. Aún así, los que restan son joyas culturales pese a estar olvidadas por las...

Comenzaron los afrocarnavales en Veracruz, son ocho aunque eran nueve pero uno se pervirtió políticamente y al final desapareció. Aún así, los que restan son joyas culturales pese a estar olvidadas por las autoridades...

Por Andrés Timoteo
EL NEGRO JOSÉ

Comenzaron los afrocarnavales en Veracruz, son ocho aunque eran nueve pero uno se pervió políticamente y al final desapareció

Aún así, los que restan son joyas culturales pese a estar olvidadas por las autoridades.

En ellos están mezcladas las herencias judeocristiana y africana, ambas llegadas hace cinco siglos, y aderezadas con el rico bagaje indígena.

En Veracruz hay fiestas carnavalescas con ritmos, expresiones, vestimentas y rituales importados de las tribus ancestrales de Mozambique, El Congo, Angola, Cabo Verde, Guinea, Ghana y Costa de Marfil.

Se trata de esas flores cortadas allá que enraizaron acá y que hoy florecen para deleitarnos, decía el escritor y periodista colombiano Ernesto McCausland.

Los que carnavalean por ahí “son mestizos con alma de negros, no negros tal cual porque traen lo de allá pero tienen lo nuestro.

Recogieron los tesoros de la Madre África y los trajeron para acá, a la Madre América, y luego hicieron del carnaval un dique de libertad”, cuenta.

Actopan alberga dos carnavales afromestizos, el de Coyolillo, el más conocido, y el de Chicuasén, herencias directas de las tribus mozambiqueñas makua, tsonga, malawi y makonde.

Los que han asistido a la fiesta en Coyolillo o cualquier otro afrocarnaval habrán notado el arte de las máscaras que en su mayoría son de toros watusi y felinos, de la añorada fauna de África.

Los últimos, ya por la adaptación en suelo americano, los representan con el Trigrillo en referencia al jaguar que acechaban a los esclavos en los campos de cultivo durante la Colonia Española.

Pero antes de ponerse el antifaz fue el rostro mismo con el que disfrazaban las penas como alegrías.

Antes de la máscara fue la cara pintada con carbón molido y cal pues eran tan pobres los primeros esclavos y tan escaso su tiempo que ni siquiera podían labrar un rostro falso, así que ellos mismos transfiguraban la tez.

“Y hacían muecas al bailar, abriendo y cerrando los ojos, moviendo la boca, enseñando los dientes y arrugando el rostro, todo para burlarse del blanco pero también del negro en ese pequeño lapso de libertad simulada que era el carnaval”, dice McCausland.

Tras ese rostro pintado, tras esas máscaras y tras esos bailes frenéticos se ocultaba una enorme tristeza tanto por su condición de esclavos como por la añoranza de la tierra donde fueron robados.

Y entonces bailaba apasionadamente José.

Y hasta hoy en todos lo carnavales negros, incluyendo los nuestros, sigue bailando José.

Pero, ¿cuál José?, preguntará el lector.

El Negro José es el símbolo de todos los afromestizos carnavaleros y protagonista de la canción que lleva su nombre compuesta por el argentino Roberto Ternán en 1973.

Primero la llamó “Candombe para José” pero se hizo tan famosa que la gente la bautizó simplemente como “El negro José” y devino en el himno alusivo a esas noches de baile en quilombos, palenques y senzalas, y en el presente a las carnavalescas.

Su letra cuenta la tristeza convertida en alegría a base de resistencia y adaptación.

“No tienes ninguna pena al parecer,/ pero las penas te sobran Negro José/ que en el baile tu las dejas lo sé muy bien,/ amigo Negro José”.

El Negro José no es un personaje de ficción ni un mito utilitario pues existió, era un joven uruguayo que Ternán conoció por allá de 1970 y le impresionó tanto su forma de candombear para sofocar sus agobios -según le contó después en confidencia- que le compuso la canción.

Un dato peculiar, la melodía también fue un canto de resistencia y esperanza para los presos políticos de la dictadura militar en Chile.

En cárceles y centros de tortura, los reos la entonaban al recibir o despedir, cuando liberaban o asesinaban, a sus camaradas también secuestrados por el régimen pinochetista.

“Perdóname si te digo Negro José,/ eres diablo pero amigo, Negro José./ Tu futuro va conmigo, Negro José,/ yo te digo porque sé, amigo Negro José”.

LOS “JOSESES” JAROCHOS

En cinco municipios de Veracruz carnavalean los “joseses” -retomando el término de Juan Rulfo para los cuatro hermanos Benavides, aquellos soldados villistas en el cuento que abre “El llano en llamas”-.

Coyolillo y Chicuasén en Actopan, Almolonga y El Espinal -ahí se hacen llamar los “hijos del Congo- en Naolinco, Blanca Espuma, Providencia y Cerrillo de Díaz en Alto Lucero, y Alto Tío Diego en Tepetlán, son los ocho carnavales afrojarochos.

Había un noveno en Yanga que era insigne no solo para Veracruz y México sino para todo el continente pues allí los esclavos ghaneses y caboverdianos fundaron uno de los primeros pueblos libres en 1630, el segundo después de San Basilio del Palenque, Colombia, fundado en 1603.

Al Carnaval de Yanga lo desapareció el alcalde fidelista Pascual Alvarado en el 2011 convirtiéndolo en el “Festival de la Negritud” según que para rendir homenaje al innombrable por sus orígenes -risas, si hubiera sabido que el tipo odiaba su raíz negroide-.

Además lo cambió de fecha para empatarlo con la fiesta patronal de San Lorenzo Mártir en agosto.

Así, por una lisonja polítiquera, se perdió el carnaval en esa tierra que es la gema del cimarronaje en México.

*Envoyé depuis Paris, France.