
Rosa María, la oportunidad
Por Sergio González Levet
Una semana le ha bastado a la maestra Rosa María Hernández Espejo para dejar constancia de la nueva forma de gobierno que ejercerá desde el primer ayuntamiento de América.
Después de varias administraciones signadas por el dominio del panismo yunista, los jarochos que votaron mayoritariamente dejaron la comuna porteña en manos de una mujer enfrascada en la lucha social, que hace manifiesta su formación de izquierda.
Algo tenía que notarse a partir de ese cambio en la forma de ver a la sociedad, de esa actitud distinta en la consideración de lo que es el pueblo.
La nueva autoridad municipal ha llegado con su cauda al hombro de ideas que se orientan hacia la cercanía con la gente, hacia la atención prioritaria de los más vulnerables, de los que menos tienen en lo material, de los discapacitados, de los indigentes.
Y sin embargo lo primero ha sido la vertiginosa actividad de la primera autoridad municipal: Rosa María ensaya la ubicuidad y se la ve en todos los rincones de la ciudad, en los entuertos de la zona rural -que todavía queda alguna-, en las colonias más populares y más alejadas, pero eso sí, pegada a todos, sin guaruras ni asistentes que la alejen del contacto directo, de la mano estrechada, de la atención distinguida, porque ofrece más oreja que lengua y escucha a todo aquel que tiene una necesidad urgente, una queja lastimosa.
Obras son amores y no buenas razones.
La maestra Hernández Espejo ha tomado decisiones y ha realizado acciones que dibujan su intención primaria de ser una presidenta todoterreno, sensible, entrona.
Ahí están las tarifas de agua congeladas, el escrutinio de la concesión del servicio de agua potable, el rescate del servicio de recolección de basura, la puesta en marcha de programas de acercamiento como los lunes ciudadanos y los jueves en las colonias, la reparación inmediata de luminarias -porque la luz pública significa mayor seguridad-.
Y además, por si fuera poco con lo anterior:
La orden a los agentes de Tránsito de que modifiquen su forma de actuar y pasen de lo punitivo a lo preventivo, la contención del negocio malsano de las grúas privadas, la certificación de los policías municipales para que todos puedan portar armas de servicio.
En estos siete días, Rosa María no ha sido una presidenta sino un torbellino, un volcán que avienta mejoras en una ciudad llena de las más grandes necesidades y los mayores contrastes.
El Palacio Municipal cuyos arcos de medio punto tienen la friolera de 408 años parece un recién nacido por la intensa actividad que se desarrolla en sus oficinas.
Ahí se está forjando en el proyecto el futuro inmediato de la primera villa mexicana, la más rica, que será transformada en los próximos cuatro años, para bienestar de todos.
Sabe Rosa María que su oportunidad es histórica, y no la puede desaprovechar.
Por ésta…
sglevet@gmail.com