
La vereda natural
Por Sergio González Levet
Cortarse el pelo es para muchos hombres un evento que sucede regularmente en su vida y que solucionan de la manera más fácil.
Van con el peluquero, se dejan arreglar la cabellera mientras leen una revista o chismean con el fígaro, pagan y se van.
Para otros, sin embargo, puede resultar una obligación lastimosa (o una lástima obligada) cuyo cumplimiento aplazan de la misma manera que encontramos encuentra pretexto para dejar de ir con el dentista hasta que ya no aguantamos el dolor de muelas.
Me confieso parte de esos últimos.
Todo mi viacrucis comenzó el día que mi padre me llevó por primera vez con el peluquero de mi pueblo y éste tuvo que realizar su oficio en medio de mis berridos de niño asustado.
De aquel trauma -me explica mi psicoterapeuta- me quedó un miedo cerval, una congoja inevitable, un recoveco profundo en alguna parte de la mente que me hace aborrecer lo que es para todos un suceso natural y cotidiano.
Y a eso le sumo que nunca sé qué decirle al o a la estilista cuando me pregunta, apenas puesta sobre mí la bata de condenado:
“¿Cómo quiere que lo arreglemos?”
En verdad que me da envidia o cuando menos desazón ver y escuchar cómo cualquier hijo de vecino suelta con aplomo una retahíla de indicaciones sobre lo que deben hacerle en su cabellera.
Yo sólo alcanza a decir, sustraído en mi ignorancia supina sobre el arte del estilismo capilar:
“Córteme a lo largo, como va… y cuadrado en la parte de atrás”.
Ayer me tocó ir al cadalso… perdón, a la barbería (así se le llama ahora elegantemente a las peluquerías, que antes se llamaban ¡barberías!).
Entrado en gastos, el que será responsable por lo menos unas semanas de mi aspecto superior se refirió a la raya que uso en mi peinado como “vereda”, y recordé que hace mucho mucho tiempo, cuando México aún era un país más o menos completo -digamos que en el último año de Peña Nieto como Presidente- acudí a una estética en Chetumal, la capital de Quintana Roo, y ahí me enfrenté a un enigma peor tal vez que el que le propuso a Edipo la esfinge de Tebas.
El estilista estaba haciendo sus prodigios con las tijeras cuando me soltó sin red protectora una imprevista pregunta:
“¿La vereda es natural?”
Yo pensé que se trataba de que debía resolver al acertijo o sería aventado con sus alas como hacia el mitológico animal con los pobres griegos que contestaban mal.
Lo primero que se me ocurrió fue decirle:
“No, la vereda no es natural, la vereda es tropical”...
Recordando el inmortal bolero de Gonzalo Curiel.
Pero él me explicó que lo que me preguntaba es si yo me hacía la raya separando los cabellos con un peine (la vereda natural) o si quería que me la marcara de forma permanente con la máquina.
Bueno, pues ayer por fin pude finiquitar mi visita al corte de pelo, y dejaré para uno o dos meses la próxima sentencia…
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