
La austeridad de Morena
Por Sergio González Levet
Uno de los pilares en los que se basó la conquista de la voluntad ciudadana de 2018 en favor de Andrés Manuel López Obrador y de su partido, ahora disfrazado de movimiento popular, fue la oferta reiterada de que los candidatos que ganaran se dispensarían de ostentar grandes lujos a partir del presupuesto público o de las raterías que eran costumbre en la época del PRI y en la epoquita del PAN.
La austeridad era una bandera que se ondeaba en las campañas de los candidatos guindas y se acompañaba de mensajes comunes y directos, sencillitos, como el de que AMLO no iba a usar nunca el lujoso avión que había comprado el Gobierno de Enrique Peña Nieto y “que ni Obama tenía”.
En realidad, el Presidente de los Estados Unidos no tiene uno así, sino dos, y mucho más grandes y equipados, pero eso no contaba para el discurso dirigido a un pueblo crédulo que estaba harto de los excesos de la corrupción.
El robo a mansalva en contra del erario se había proyectado como nunca en el sexenio de Peña, que era un político del Estado de México encumbrado con apoyo del Grupo Atlacomulco, una reunión casi familiar de políticos mexiquenses que habían amasado enormes fortunas a partir de los presupuestos crecientes de la bonanza petrolera, y cuyo máximo exponente había sido el riquísimo profesor Carlos Hank González, autor de la famosa y cínica frase de que:
“Un político pobre es un pobre político”.
Como funcionario público al frente del Gobierno del Distrito federal y como candidato a la Presidencia de la República, Andrés Manuel utilizaba la figura de hombre sencillo que apalancaba con acciones como la de usar un vehículo compacto que manejaba Nicolás Mollinedo Bastar, el famoso Nico, un chofer igualmente sencillo que hoy es todo un potentado al abrigo de los negocios que le han permitido hacer por su cercanía manifiesta con el Patriarca.
La imagen creada para López Obrador de un hombre modesto, frugal, que solamente traía en la cartera 200 pesos y que era honesto a carta cabal pegó certeramente en el corazón (o más bien en el hígado) de millones de mexicanos que habían sufrido la ostentación de los políticos transas de la era del priismo y de los 12 años del panismo apoderado de las inconmensurables oficinas de Los Pinos.
En sus conferencias de prensa que daba cotidianamente a las 6 de la mañana (precursoras de las inevitables mañaneras de Palacio Nacional) el jefe de Gobierno de la Ciudad de México atizaba sus dardos en contra de los políticos rateros que se habían dedicado a atracar las arcas públicas durante 71 años, más 12 del panismo, más otros seis de los estertores priistas de Peña Nieto.
“Nosotros no somos iguales”, rugía la voz de la conciencia, y el pueblo al aplaudirle le decía:
“Eres el más honesto y el más austero”.
Y la mayoría se volcó a votar por él el 3 de junio de 2018 para hacerlo, por fin, Presidente de México.
La austeridad, pues, es una oferta mercadológica de AMLO y su grupo de seguidores; una consigna que olvidaron apenas se convirtieron en funcionarios públicos y empezaron a disfrutar las mieles del presupuesto nacional.
Pero los demás no tienen por qué ajustarse a esa promesa tan fallida de la Cuarta Transformación.
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