
De Médico, Poeta y….
Por el Dr. Arturo Salas González
Venía oyendo en las noticias, un incidente grave, ocurrido en las inmediaciones de las playas de Villa del Mar, aquí en Veracruz donde un grupo de palaperos quiso tomarse la justicia por su propia mano ante esta invasión, a veces desmedida, pero necesaria de turismo.
Y algunos de esos turistas, lo digo con el mayor de los respetos, quieren abusar de las condiciones que se les ofrecen.
Y entonces se me ocurrió volver a tocar el tema que en otras ocasiones he mencionado: la oclocracia.
Qué puedo entender por este término?
La oclocracia: cuando la multitud sustituye a la ley
Hay palabras que, aunque antiguas, describen con inquietante precisión los males del presente.
Una de ellas es “oclocracia”, término acuñado por el historiador griego Polibio para definir el gobierno de la muchedumbre:
Ese momento en que la razón institucional cede su lugar al impulso colectivo.
No se trata de una abstracción teórica.
Es una realidad que comienza a manifestarse, silenciosa pero constante, en distintos rincones de nuestro entorno.
Hoy, con preocupación, me entero de que incluso en Villa del Mar, los llamados palaperos han decidido tomar la justicia en sus propias manos.
El hecho, más allá de su anécdota particular, es profundamente revelador.
Cuando ciudadanos comunes —trabajadores, comerciantes, gente de esfuerzo cotidiano— optan por sustituir a la autoridad, no lo hacen por vocación de poder, sino por ausencia de éste.
Es el vacío el que convoca a la multitud.
Pero ahí radica el peligro.
La justicia, para ser tal, requiere método, equilibrio y, sobre todo, imparcialidad.
La multitud, en cambio, actúa por emoción: se indigna, se exalta, castiga.
Y en ese tránsito, lo que inicia como legítima defensa puede degenerar en abuso, en error, en tragedia.
Como en la medicina —donde el tratamiento empírico sin sustento puede aliviar momentáneamente pero complicar el cuadro de fondo—, en la vida social la reacción inmediata puede ofrecer una falsa sensación de control, mientras socava los cimientos del orden.
Porque cuando la ley deja de ser el referente, cada quien se convierte en juez y parte.
Y entonces ya no hay justicia: hay versiones de justicia.
La oclocracia no irrumpe de golpe; se infiltra poco a poco, normalizando lo extraordinario.
Hoy es un acto aislado; mañana puede ser la regla.
Y frente a ello, la pregunta es inevitable: ¿qué es más peligroso, la indignación de la gente o la ausencia de autoridad?
Tal vez la respuesta no esté en elegir entre una y otra, sino en entender que ambas, desbordadas o ausentes, conducen al mismo desenlace: la fragilidad del Estado de derecho.
Porque cuando el pueblo sustituye a la ley, no nace la justicia… nace el riesgo.
Hasta la próxima… si hay.