
Arturo Salas
De Médico, Poeta y...
Por el Dr. Arturo Salas González
Este articulito se me ocurrió ahora con el problema del sarampión...
y con el covid, y la influenza, y...
Antivacunas: ¡cuando la opinión pretende sustituir a la evidencia!
En medicina, dudar es una virtud.
Negar la evidencia, no.
El llamado movimiento antivacunas no es un debate científico; es un fenómeno social construido sobre el miedo, la desconfianza y una peligrosa confusión entre opinión personal y conocimiento comprobado.
No surge en el vacío.
Crece en los huecos que deja un sistema de salud que, durante años, habló más de protocolos que de personas.
Las vacunas no son perfectas -ninguna intervención médica lo es-, pero constituyen uno de los mayores logros de la humanidad.
Gracias a ellas dejamos de enterrar niños por viruela, de paralizar generaciones enteras por polio, de saturar hospitales por sarampión.
Eso no es ideología: es historia clínica colectiva.
El discurso antivacunas suele apoyarse en anécdotas emotivas, en casos aislados magnificados y en una profunda ignorancia de la epidemiología básica.
Se olvida -o se ignora deliberadamente- que el verdadero éxito de una vacuna es precisamente su invisibilidad: cuando funciona, la enfermedad desaparece y la memoria del horror se diluye.
Te pregunto a ti amigo lector: ¿Cuándo viste un caso de viruela?, o uno de poliomielitis?
Entonces aparece la falsa pregunta: “¿Para qué vacunarme si ya no existe esa enfermedad?”
La respuesta es simple y brutal: no existe porque nos vacunamos.
Hay, sin embargo, una responsabilidad que debemos asumir como médicos y como sistema.
Durante décadas explicamos poco, escuchamos menos y, en ocasiones, confundimos autoridad científica con soberbia.
Cuando el médico deja de dialogar, el charlatán ocupa su lugar.
Cuando el Estado impone sin convencer, el resentimiento se disfraza de rebeldía.
Pero comprender el origen del antivacunismo no implica justificarlo.
La salud pública no es un acto individual aislado; es un pacto social.
La libertad de elegir termina cuando esa elección pone en riesgo a niños, ancianos, inmunodeprimidos y a toda una comunidad.
No vacunarse no es un gesto heroico ni una postura crítica: es, muchas veces, una decisión egoísta sostenida por información falsa.
La ciencia no exige fe, exige honestidad intelectual.
Y la medicina, aunque imperfecta, se corrige a sí misma; el dogma, no.
El antivacunismo no corrige errores: los multiplica.
Hoy más que nunca, frente al ruido digital y la mentira viral, hace falta volver a lo esencial:
Explicar con claridad, escuchar con respeto y sostener con firmeza que la evidencia no se vota, no se opina y no se negocia.
Porque la historia ya nos enseñó -a un costo demasiado alto- lo que ocurre cuando el miedo le gana al conocimiento.