ROMA. (Agencias).- La moda perdió a Valentino Garavani, el diseñador murió a los 93 años en su residencia de Roma, la ciudad que lo adoptó como emperador simbólico y donde construyó un imperio basado en elegancia, obsesión por el detalle y una idea muy clara de belleza.
Más allá del “rojo Valentino” y de los vestidos que marcaron alfombras rojas y momentos históricos, su vida estuvo llena de manías, pasiones y decisiones que explican por qué su nombre sigue pesando tanto en la cultura contemporánea.
Aquí te contamos algunas de las curiosidades del famosos diseñador:
El rojo que nació en una ópera
Valentino desarrolló su fascinación por este color tras asistir, siendo joven, a una función de Carmen en Barcelona.
Todo en escena era rojo: vestuario, flores, decorados.
Años después, ese impacto se convirtió en un manifiesto estético.
Para Valentino, el rojo no era sólo un pigmento, sino una firma emocional.
Tan reconocible que terminó convirtiéndose en un color propio, con referencia Pantone incluida.
Un rojo ligeramente anaranjado, pensado, según el propio diseñador, para que una mujer no pase inadvertida en ninguna habitación.
Los perros antes que la moda
Si algo humanizó al “último emperador”, fue su devoción absoluta por sus pugs.
Maggie, Monty, Maude, Margot, Molly… no eran mascotas, eran familia.
En el documental "Valentino: The Last Emperor", el diseñador lo dijo sin rodeos:
“No me importa la colección, mis perros son más importantes”.
Su amor fue tan lejos que en los años 80 lanzó una línea juvenil llamada Oliver, en honor a uno de sus perritos.
La colección tuvo vida corta y nunca llegó a Estados Unidos por problemas legales con el nombre, pero dejó claro que, para Valentino, la moda también podía ser afecto.
París le enseñó la técnica, Roma le dio el alma
Valentino nació en Voghera, en Lombardía, pero se formó en París, donde estudió en la École de la Chambre Syndicale de la Couture y trabajó con Jean Dessès y Guy Laroche.
Ahí aprendió el rigor, la disciplina y la arquitectura del vestido.
Sin embargo, fue Roma la que lo convirtió en leyenda.
Desde ahí dirigió su casa de moda durante 45 años, rodeado de costureras, artesanos y una ciudad que lo trataba como a una figura de Estado.
Se decía, medio en broma y medio en serio, que Valentino era tan reconocido como el Papa.
El cine como primera gran influencia
Antes de ser diseñador, Valentino fue espectador.
Su nombre, de hecho, fue un homenaje de su madre al actor del cine mudo Rudolph Valentino.
De adolescente, una película marcaría su destino: "Ziegfeld Girl", con Judy Garland y Lana Turner.
Años más tarde, vestiría a las mujeres que él mismo había admirado en la pantalla: Audrey Hepburn, Elizabeth Taylor, Sophia Loren.
Ya consagrado, también dejó huella en el cine contemporáneo, con apariciones memorables como The Devil Wears Prada y vestidos icónicos como el que Julia Roberts usó al ganar el Oscar en 2001.
Anne Hathaway y la excepción al retiro
Valentino se retiró oficialmente en 2008, pero hizo una excepción clara: Anne Hathaway.
La actriz se convirtió en amiga cercana, musa y casi familia.
Para ella diseñó su vestido de novia en 2012, rompiendo su propio retiro.
Su relación tuvo un momento incómodo cuando Hathaway decidió cambiar, a última hora, un vestido de Valentino por uno de Prada en los Oscar.
Hubo críticas, disculpas públicas y tensión, pero la amistad sobrevivió.
La obsesión por la mesa perfecta
Así como cuidaba un dobladillo, Valentino cuidaba una cena.
Era obsesivo con el protocolo: nada de manteles blancos, nada de matrimonios sentados juntos, todo ordenado por jerarquía.
Su colección de porcelana antigua (de más de 100 juegos) incluía piezas de Meissen y P.K. Silesia.
Incluso cuando cenaba solo, frente al televisor, usaba esos platos.
Para él, la elegancia no dependía de quién mirara.
El diseñador que odiaba los años 80
Detestaba sus diseños de los años 80: hombreras exageradas, proporciones forzadas, exceso.
“Todo era terrible”, dijo alguna vez.
Amaba, en cambio, la feminidad de los 40, 50 y 60.
Un emperador crítico de la moda actual
Aunque siguió de cerca la evolución de la casa Valentino, no ocultó su desencanto con la industria contemporánea.
Para él, la moda había perdido el reto creativo y se había convertido en una cuestión de números.
“No extrañaré la moda. Está arruinada. Todos hacen lo mismo”, dijo al retirarse.